Tiempo de lectura: 8 minutos

Bienvenida.

Toma asiento.

No hay manual, no hay profesora y el examen es todos los días.

Bienvenida a esa etapa de la vida en la que puedes pagar tus propias facturas, tomar decisiones importantes y comprar una tarta sin tener que pedirle permiso a nadie, pero una emoción te atraviesa un martes cualquiera y de repente no sabes qué hacer contigo.

Hay días en los que una no sabe qué hacer con lo que siente.

No sabes si llorar, dormir, escribirle a alguien, desaparecer unas horas, reorganizar toda tu vida o pedir una pizza y confiar en que el queso haga un trabajo que, sinceramente, le queda grande.

Tienes un nudo en el pecho, diez conversaciones pendientes en la cabeza y una tristeza rara que no viene con subtítulos. No sabes si estás ansiosa, cansada, decepcionada, enfadada o si simplemente llevas demasiado tiempo sosteniendo cosas que pesan.

Y mientras intentas averiguarlo, la vida adulta sigue enviándote notificaciones.

Hay que contestar mensajes.

Hay que trabajar.

Hay que decidir qué se come.

Hay que pagar una factura que, curiosamente, sí sabe perfectamente lo que quiere de ti.

Amiga, esto es la vida adulta: sentirte al borde de una crisis existencial y, aun así, tener que recordar que mañana toca poner una lavadora.

Tal vez nadie te explicó qué hacer cuando lo que sientes no cabe en una frase bonita. Nos enseñaron a leer, a multiplicar y a memorizar cosas que olvidamos después del examen. Pero nadie nos sentó a decirnos:

“Mira, habrá días en los que vas a sentir algo enorme y no vas a saber cómo llamarlo. No significa que estés rota. Significa que eres una persona atravesando una vida que, a veces, es demasiado.”

Nos enseñaron a resolver problemas. Por eso, cuando aparece una emoción, la tratamos como si fuera una avería.

¿Cómo la quito?

¿Cómo dejo de pensar?

¿Cómo vuelvo a estar bien?

¿Cómo hago para que esto no me afecte?

Queremos encontrar la pieza dañada, cambiarla y continuar funcionando. Rápido, por favor, que tenemos cosas que hacer.

Pero una emoción no siempre llega para que la soluciones. A veces llega para que la escuches. Otras veces, para que descanses. Algunas llegan para mostrarte que llevas demasiado tiempo traicionándote. Y otras aparecen porque eres humana, tienes hormonas, memoria, miedo, necesidades, una cuenta bancaria y un sistema nervioso que tampoco sabe vivir bajo el capitalismo con elegancia.

No todo lo que sientes es una herida de la infancia.

A veces estás triste porque algo te dolió.

A veces estás ansiosa porque tu situación es incierta.

A veces estás irritada porque no has descansado.

A veces no tienes un problema de autoestima: tienes un trabajo que te humilla, una relación que te desgasta, una familia que invade tus límites o una economía que no te permite respirar.

Y no, cinco respiraciones profundas no van a pagar el alquiler. Aunque respirar puede ayudarte a no mandar ese audio de siete minutos que mañana tendrás que explicar.

Primero: no hagas una auditoría de tu vida en plena tormenta

Cuando estás muy activada emocionalmente, tu cerebro se convierte en ese amigo dramático que interpreta una mala tarde como prueba irrefutable de que toda tu vida está mal.

Una conversación difícil se convierte en: “Nadie me quiere”.

Un error se convierte en: “Todo lo hago mal”.

Un día de cansancio se convierte en: “He perdido mi propósito”.

Que conste que el propósito suele esconderse los martes por la tarde. No tomes decisiones importantes ahí.

Cuando estés desbordada, intenta no decidir si debes renunciar al trabajo, terminar la relación, mudarte de país, cambiar de profesión y cortarte el flequillo en una misma noche.

Puede que alguna de esas decisiones sea necesaria. Pero no tienes que resolverla mientras tu cuerpo siente que hay un incendio.

Primero baja un poco la intensidad. Después piensa.

Puedes decirte:

“Ahora mismo estoy muy removida. No necesito resolver mi vida esta noche. Necesito atravesar esta hora.”

Reducir el horizonte ayuda. No es lo mismo preguntarte cómo vas a soportar los próximos cinco años que preguntarte qué necesitas durante los próximos veinte minutos.

Vuelve al cuerpo antes de interrogar la mente

Cuando no sabes qué sientes, solemos hacer lo más lógico y menos útil: pensar más.

Abrimos otra pestaña dentro de una cabeza que ya tiene diecisiete abiertas, tres reproduciendo música y una que no sabemos de dónde está sacando ese ruido.

Antes de buscar una explicación perfecta, mira tu cuerpo.

¿Dónde notas lo que estás sintiendo?

¿En el pecho?

¿En la garganta?

¿En el estómago?

¿Tienes la mandíbula apretada?

¿Estás respirando muy rápido?

¿Llevas horas encogiendo los hombros como si intentaras desaparecer dentro de ti?

No tienes que descifrarlo inmediatamente. Empieza por reconocer que algo está ocurriendo.

Pon los pies en el suelo. Toma agua. Come algo si no has comido. Afloja la ropa que te aprieta. Sal un momento del lugar donde te estás saturando. Date una ducha. Camina. Llora si el llanto viene.

Esto puede parecer demasiado sencillo para un dolor tan grande. Pero el cuerpo no es un detalle secundario. Es el lugar donde estás intentando sobrevivir a lo que te pasa.

Ponle un nombre, aunque sea provisional

No necesitas acertar como si estuvieras haciendo un examen de emociones.

Puedes empezar con:

“Me siento rara.”

Después acercarte un poco más:

“Creo que estoy triste, pero también enfadada.”

Y seguir:

“Estoy enfadada porque esperaba sentirme cuidada y me sentí sola.”

A veces no encontramos una sola emoción porque no hay una sola. Puedes amar a alguien y estar cansada de esa persona. Puedes sentir alivio y duelo después de irte. Puedes estar orgullosa de lo que lograste y, al mismo tiempo, decepcionada porque no se siente como imaginabas.

La adultez está llena de sentimientos que no combinan, como ese cajón donde guardamos pilas, recibos, llaves que no sabemos qué abren y una cinta adhesiva que nunca aparece cuando hace falta.

Sentir cosas contradictorias no te convierte en incoherente. Te convierte en compleja.

Separa lo que sientes, lo que piensas y lo que te dan ganas de hacer

Esto cambia mucho las cosas.

No es lo mismo decir:

“Siento que nadie me quiere”

que decir:

“Me siento sola y estoy pensando que nadie me quiere.”

Lo primero parece una verdad cerrada. Lo segundo te permite ver que hay una emoción y un pensamiento interpretándola.

Puedes escribir tres frases:

  • Estoy sintiendo…
  • Estoy pensando…
  • Me dan ganas de…

Por ejemplo:

  • Estoy sintiendo miedo y vergüenza.
  • Estoy pensando que voy a fracasar y que todo el mundo se dará cuenta.
  • Me dan ganas de cancelar, aislarme y fingir que nunca quise hacerlo.

La emoción es real. El pensamiento merece ser revisado. El impulso no tiene que convertirse automáticamente en una acción.

Puedes sentir rabia sin destruir la relación.

Puedes sentir miedo sin obedecerle.

Puedes extrañar a alguien sin volver a un lugar que te hacía daño.

Puedes sentir culpa después de poner un límite y mantener el límite.

Las emociones tienen derecho a sentarse en el carro. Lo que no siempre conviene es entregarles las llaves, el mapa y el control de la música.

Pregúntate qué necesita esta emoción, no cómo expulsarla

Quizá tu tristeza necesita descanso y compañía.

Quizá tu rabia necesita reconocer una injusticia y marcar un límite.

Quizá tu miedo necesita información, tiempo o apoyo.

Quizá tu culpa necesita que repares algo. O quizá necesita entender que decepcionar a alguien no siempre significa haber hecho algo malo.

Quizá tu ansiedad necesita menos exigencia y más estructura.

Puedes preguntarte:

“Si esta emoción pudiera hablar sin insultarme, ¿qué estaría intentando decirme?”

La parte de “sin insultarme” es importante. Porque una cosa es escuchar una emoción y otra dejar que el crítico interior organice una rueda de prensa para explicar por qué supuestamente eres un desastre.

No todo mensaje que aparece dentro de ti merece ser creído.

Hay pensamientos que informan.

Hay pensamientos que protegen.

Y hay pensamientos que llevan veinte años repitiendo el mismo discurso sin actualizar las fuentes.

Haz algo pequeño, no algo perfecto

Cuando una está desbordada, hasta cuidarse puede convertirse en otra exigencia.

De pronto parece que para regularte necesitas meditar cuarenta minutos, escribir seis páginas, hacer yoga, preparar una cena nutritiva, dejar el móvil y convertirte antes de las diez en una mujer que compra flores los domingos.

No.

A veces cuidarte es responder: “Hoy no puedo hablar de esto”.

A veces es cancelar un plan.

A veces es salir de la cama y sentarte en el sofá. No hemos cruzado un continente, pero hemos cambiado de territorio.

A veces es enviar un mensaje que diga: “No necesito que me soluciones nada; solo necesito que estés conmigo un rato”.

A veces es escribir una sola frase:

“Lo que más me está costando admitir es…”

Y dejar que la mano termine lo que la cabeza lleva días evitando.

No subestimes lo pequeño. Una emoción intensa no siempre necesita una respuesta extraordinaria. Muchas veces necesita seguridad repetida en gestos diminutos.

No te obligues a entenderlo todo hoy

Existe una presión enorme por tener conciencia emocional, identificar patrones, conocer nuestros traumas y explicar con precisión por qué hacemos lo que hacemos.

Pero a veces no sabes.

Y no saber también puede ser una respuesta honesta.

“No sé por qué esto me ha dolido tanto.”

“No sé si quiero quedarme o irme.”

“No sé si estoy cansada de mi vida o de la manera en la que estoy viviendo.”

“No sé qué necesito todavía.”

No saber no significa que vas tarde. Significa que todavía estás procesando.

La claridad no siempre aparece cuando la persigues. A veces llega después de dormir, hablar, escribir, llorar, tomar distancia o dejar de preguntarte cada cinco minutos si ya estás mejor.

Hay emociones que no se resuelven. Se atraviesan.

Hay dolores que no necesitan una lección inmediata.

No tienes que convertir cada herida en contenido, cada pérdida en crecimiento ni cada crisis en una nueva versión de ti.

A veces una mala experiencia es simplemente una mierda. Ya habrá tiempo, si lo hay, para descubrir qué haces con ella.

Y si sola no puedes, no tienes que poder

Pedir ayuda no significa que hayas fracasado regulando tus emociones. Tampoco tienes que llegar a terapia con una explicación ordenada, una cronología impecable y tres objetivos redactados.

Puedes llegar diciendo:

“No sé qué me pasa, pero no estoy bien.”

Eso ya es suficiente para empezar.

Hablar con una persona segura, buscar acompañamiento profesional o pedir apoyo concreto no te hace dependiente. Somos seres humanos, no electrodomésticos de alta gama con función de autorreparación.

Y si lo que sientes te desborda durante mucho tiempo, interfiere de forma importante con tu vida o aparecen pensamientos de hacerte daño o de no querer seguir viviendo, busca ayuda profesional y urgente en tu zona. No necesitas esperar a estar peor para merecer apoyo.

Amiga, esto también es vivir

Tal vez hoy no sepas qué hacer con tus emociones, tus sentimientos y tus pensamientos.

Empieza por no pelearte con ellos.

No les construyas una casa permanente, pero tampoco los eches a golpes.

Hazles un poco de espacio. Escucha lo que puedas. Descansa de entender cuando lo necesites. Revisa qué parte de tu dolor viene de dentro y qué parte es una respuesta bastante coherente a las condiciones en las que estás viviendo.

No siempre necesitas ser más resiliente.

A veces necesitas dormir.

A veces necesitas dinero.

A veces necesitas un límite.

A veces necesitas que alguien deje de hacerte daño.

A veces necesitas aceptar que algo terminó.

Y a veces necesitas llorar, comer algo y no tomar ninguna decisión hasta mañana.

Eso también es inteligencia emocional.

La vida adulta no consiste en saber siempre qué hacer. Consiste, muchas veces, en aprender a quedarte contigo mientras lo descubres.

Sin abandonarte.

Sin exigirte una respuesta inmediata.

Sin convertir una noche difícil en una condena para toda tu vida.

Respira, amiga.

No porque respirar vaya a resolverlo todo.

Sino porque sigues aquí. Y desde aquí, poquito a poco, podemos empezar.

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Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.