
¿QUIÉN COÑO TE ENSEÑÓ QUE DISFRUTAR DE TU SEXUALIDAD TE HACE MENOS DIGNA?
Amiga, vamos a hablar de algo que se mete en la cama contigo, ocupa muchísimo espacio y, para colmo, no cambia las sábanas: la necesidad de parecer una mujer correcta incluso cuando estás intentando disfrutar.
Porque hay encuentros sexuales con más supervisión interna que una inspección de Hacienda.
La barriga colocada. Los sonidos controlados. La postura estudiada. El orgasmo pendiente. La satisfacción ajena en seguimiento permanente.
Y tu placer esperando en recepción.
Sin cita.
A ver si queda algún hueco después de atender a todo el mundo.
Tú estás ahí, pero una parte de ti se ha subido al techo para evaluar la escena: cómo te ves, cuánto tardas, qué estará pensando la otra persona, si esa posición te favorece, si estás pidiendo demasiado.
Tu cuerpo intentando tener sexo y tu cabeza elaborando un informe de calidad.
Falta que aparezca una señora con una carpeta y diga:
—La implicación es buena, pero tenemos que trabajar esa barriga y mejorar los tiempos de entrega.
Petronila, baja del techo. Que desde ahí se ve todo, pero se siente bastante poco.
Y antes de que alguien convierta esto en otro consejo de relájate y déjate llevar, vamos a poner algo claro sobre la mesa: si fuera tan fácil, ya lo habrías hecho. Nadie necesita una nueva obligación de disfrutar correctamente. Bastante agotador es vivir como para salir de un encuentro pensando que también has suspendido la espontaneidad.
El placer, pero con buena conducta
A muchas mujeres nos educaron para gustar antes de preguntarnos qué nos gustaba.
Aprendimos a resultar atractivas, a detectar si nos estaban mirando, a corregir lo que podía afear la escena. Aprendimos incluso a confundir ser elegidas con estar a gusto.
Pero preguntar qué deseo yo requería una asignatura que, por lo visto, no entraba en el currículo.
Había tiempo para enseñarnos a sentarnos cerrando las piernas, pero no para explicarnos que podíamos decidir cuándo abrirlas, con quién, para qué y hasta cuándo.
Y después llegó el festival de las contradicciones.
Sé sexy, pero no demasiado. Ten iniciativa, pero que no parezca que tienes mucha experiencia. Disfruta, pero no hagas tanto ruido. Cuida tu cuerpo, pero no seas superficial. Conoce lo que te gusta, pero tampoco intimides.
Una mujer tiene que hacer un máster para interpretar las instrucciones y otro para recuperarse de ellas.
Porque el mensaje de fondo es bastante miserable: puedes tener sexualidad siempre que siga siendo cómoda para los demás.
Que atraiga, pero no incomode.
Que esté disponible, pero no reclame.
Que haga sentir bien a otra persona sin ocupar demasiado espacio con sus propias necesidades.
Y así acabas negociando contigo misma cosas que tendrías derecho a expresar sin vergüenza.
La barriga también ha venido
Hay mujeres que durante un encuentro están pendientes de si se les nota la barriga.
Amiga, la barriga estaba invitada. Vino contigo. No se ha colado por una ventana.
Pero entiendo que te cueste dejarla estar si llevas años recibiendo mensajes sobre cómo esconderla. Fajas, poses, dietas, filtros, consejos para disimular. Toda una industria empeñada en que una parte normal de tu cuerpo parezca un problema administrativo.
Y luego pretenden que, al quitarte la ropa, desaparezca todo lo aprendido.
Claro.
Te quitas el sujetador y automáticamente se desinstalan veinte años de vergüenza corporal.
Ojalá. Yo pagaría esa actualización.
La cuestión no es obligarte a amar cada centímetro de tu cuerpo antes de permitirte una experiencia agradable. Hay días en los que te mirarás con cariño y otros en los que preferirás vestirte sin celebrar un congreso sobre autoestima.
Tu derecho a disfrutar sigue ahí.
No necesitas sentirte espectacular para que tu cuerpo merezca cuidado, respeto y placer.
También puede estar cansado. También puede haber cambiado. También puede tener estrías, cicatrices, pliegues y pelos que han decidido independizarse del calendario de depilación.
Tu cuerpo no tiene que superar una audición para entrar en tu propia cama.
¿Estoy disfrutando o estoy prestando un servicio?
Esta pregunta puede incomodar, pero merece su ratito.
¿Cuánto de lo que haces nace de tus ganas y cuánto nace del miedo a decepcionar?
¿Puedes pedir algo distinto? ¿Puedes decir que hoy no? ¿Puedes reconocer que una práctica no te gusta sin preparar antes tres cumplidos para amortiguar el golpe?
Porque a veces una mujer dice:
—Me da cosa decirle que así no me gusta.
Y se queda soportando una experiencia que no está disfrutando para evitar que la otra persona pase treinta segundos incómoda.
Treinta segundos.
Ella sacrifica el encuentro entero. La otra persona conserva intacta su autoestima y se marcha pensando que tiene unas habilidades extraordinarias.
Una gestión de reputación impecable.
Pero agotadora.
Decir cómo te gusta algo no es poner una reclamación. Es participar.
Y escuchar esa información forma parte de encontrarse con otra persona, que tiene cuerpo propio, preferencias propias y una vida interior que no está ahí de decoración.
Tu pareja sexual puede necesitar orientación. Nadie nace con acceso completo al manual de otro cuerpo. Incluso lo que te gustó ayer puede no apetecerte hoy.
Se puede preguntar. Se puede probar. Se puede corregir el rumbo sin convertirlo en una tragedia nacional.
Tu orgasmo no tiene que rescatar ningún ego
Vamos a decirlo con cariño y bastante firmeza: tu orgasmo no es un diploma que certifica la competencia de otra persona.
No tienes que entregarlo al terminar para que alguien se marche satisfecho con su desempeño.
Tampoco tienes que fingirlo porque te estás cansando, porque te da vergüenza decir lo que necesitas o porque te preocupa que el encuentro termine con una entrevista:
—¿Pero por qué no has llegado?
—¿Con otras personas sí llegabas?
—¿Qué estoy haciendo mal?
Amiga, bastante tienes con saber qué estás sintiendo como para organizar también una rueda de prensa.
Hay encuentros agradables sin orgasmo. Hay orgasmos que no convierten un encuentro en una experiencia deseada. Y hay veces en las que simplemente quieres parar.
Poder decirlo importa.
El disfrute pierde espacio cuando todo se convierte en una meta que tienes que alcanzar para tranquilizar a alguien.
Y cuidado con cambiarnos una exigencia por otra. No vamos a pasar de tienes que complacer a tienes que tener una sexualidad espectacular, libre y llena de orgasmos.
Hay mujeres que no quieren sexo. Hay etapas en las que no apetece. Hay personas para quienes ocupa poco espacio en la vida.
Tu dignidad tampoco depende de cuánto deseas.
No eres menos decente por saber lo que te gusta
A algunas mujeres les preocupa parecer demasiado sexuales si piden algo.
Demasiado experimentadas. Demasiado claras. Demasiado cómodas con sus ganas.
Qué curioso: alguien quiere compartir intimidad contigo, pero tú temes que conocer tu propio cuerpo perjudique tu reputación.
Como si para ser respetable hubiera que llegar desinformada.
Buenos días, jamás he sentido nada. Vengo a ver qué dispone usted.
Pues no.
Puedes saber lo que te gusta. Puedes estar descubriéndolo. Puedes haber tenido muchas parejas, pocas o ninguna. Puedes disfrutar a solas. Puedes tener fantasías que no quieras llevar a la práctica.
Nada de eso establece tu valor como persona.
Y tampoco existe una forma única de ser una mujer sexualmente libre. Para una puede ser pedir más. Para otra, dejar de acceder. Para otra, reconocer que necesita tiempo. Para otra, decir que el sexo no es una prioridad.
La libertad necesita espacio para esas diferencias.
Porque sustituir la mujer decente por la mujer que siempre se atreve sigue dejando a alguien vigilando cómo debemos comportarnos.
Yo propongo despedir a la supervisora. Sin carta de recomendación.
Si decir que no provoca un drama, eso también importa
Hay un consejo que se repite mucho: tienes que aprender a soltarte.
Pero conviene preguntar dónde y con quién.
Porque quizá sabes que, si paras, habrá mala cara. Que, si dices que hoy no tienes ganas, te tocará escuchar que ya no quieres a la otra persona. Que, si rechazas una práctica, habrá insistencia hasta que acabes cediendo por cansancio.
En ese contexto, pedirte que te relajes tiene bastante poca gracia.
Tu libertad para elegir necesita poder expresarse sin castigos.
Puedes empezar y después parar. Puedes desear a alguien y no querer cierta práctica. Puedes querer cercanía y no querer sexo.
Haber dicho que sí antes no te obliga a seguir.
El consentimiento no es una permanencia de telefonía. No te pueden cobrar una penalización emocional por cancelar.
Y tu negativa no necesita ganar un debate.
No tienes que convencer a nadie de que tu límite merece respeto.
Tampoco vamos a echarle toda la culpa a tu cabeza
Este artículo habla de vigilancia, vergüenza y presión, pero tu sexualidad merece una mirada más amplia.
El dolor, el cansancio, la salud, algunos medicamentos, los cambios corporales, las experiencias previas y lo que está ocurriendo en una relación pueden formar parte de la historia.
No todo se resuelve pensando bonito.
Y no vamos a mandar a tu vagina a hacer afirmaciones positivas para ahorrarnos escuchar qué ocurre.
Si el dolor se repite, merece valoración sanitaria. No tienes que acostumbrarte a soportarlo ni demostrar amor atravesándolo.
Si hay dificultades que te preocupan, puedes buscar acompañamiento profesional que escuche tu situación sin reducirla a un te bloqueas demasiado.
Necesitas preguntas cuidadosas, no otra explicación que termine culpándote.
Volver a escucharte, sin ponerte deberes de rendimiento

Quizá puedes empezar fuera de la cama, cuando nadie esté esperando nada de ti.
Preguntarte qué te da curiosidad. Qué te gusta. Qué haces por costumbre. Qué aceptas para evitar una discusión. Qué necesitarías poder decir.
No hace falta resolverlo todo esta noche. Esto no es una reforma integral del deseo con entrega prevista para el viernes.
Puedes comenzar con una frase:
Más despacio.
Eso no me gusta.
Hoy prefiero otra cosa.
Necesito parar.
Todavía no sé qué quiero.
Y puedes observar qué pasa cuando la dices. Cómo te sientes tú. Cómo responde la otra persona. Si hay escucha o si enseguida te toca cuidar una reacción que borra lo que acabas de pedir.
Ahí hay información.
También puedes escribir esta pregunta:
¿Qué me permitiría disfrutar si no tuviera que demostrar que soy una buena mujer?
Quizá aparezca una respuesta pequeña. Encender la luz. Dejar de esconderte. Pedir tiempo. Hablar. Descansar. No tener sexo esa noche.
Todas merecen ser escuchadas.
Amiga, tu dignidad no sube cuando te contienes ni baja cuando disfrutas.
No tienes que elegir entre ser respetada y tener ganas.
Y si para que alguien te respete necesitas fingir que deseas menos, sabes menos o necesitas menos, conviene revisar cuánto espacio te está dejando ese vínculo.
Tu placer lleva bastante rato esperando en recepción.
Acércate.
Pregúntale qué necesita.
Esta vez también puedes atenderte a ti.
CON CARIÑO: ALEXA DACIER

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