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Crecer también significa descubrir que algunas amistades terminan, algunos lugares no nos quieren y no todas las personas van a elegirnos. El verdadero trabajo quizá no sea evitar el rechazo, sino aprender a no convertirlo en una medida de nuestro valor.

Hay heridas de la vida adulta para las que nadie te prepara.

No tienen necesariamente un nombre clínico.

No siempre vienen de un gran trauma.

No siempre puedes señalar un día concreto y decir: fue aquí donde empezó todo.

A veces son pequeñas experiencias que se van acumulando.

La amiga que dejó de llamarte.

El grupo donde ya no te sentiste bienvenida.

La persona que elegiste y que no te eligió.

La sensación extraña de darte cuenta de que tienes treinta y tantos y ya no tienes ese grupo de amigas que imaginabas que tendrías.

El cumpleaños al que no te invitaron.

La conversación donde descubriste que habían quedado sin ti.

La amistad que parecía para toda la vida y terminó sin una gran pelea, simplemente porque un día dejasteis de buscaros.

La compañera que empezó a competir contigo cuando te empezó a ir bien.

El lugar donde intentaste pertenecer hasta que entendiste que, para quedarte, tenías que convertirte en una versión de ti que no te gustaba.

Y sí.

Todo eso también deja heridas.

Porque una de las cosas más difíciles de la vida adulta es aceptar que no siempre vamos a ser elegidas.

No siempre vamos a gustar.

No siempre van a hacernos espacio.

No siempre vamos a pertenecer.

Y esto, amiga, puede tocar lugares muy antiguos dentro de nosotras.

El rechazo de hoy casi nunca duele solamente por hoy

Hay algo que trabajo muchísimo en consulta cuando aparece el rechazo: separar qué ha ocurrido de qué significa para ti lo que ha ocurrido.

Porque no son exactamente lo mismo.

Una persona puede no haberte invitado.

Eso es lo que ocurrió.

Pero dentro de ti puede aparecer:

“Nadie quiere estar conmigo.”

“Siempre termino sola.”

“Hay algo en mí que espanta a las personas.”

“Soy demasiado.”

“No sé mantener amistades.”

“Todo el mundo acaba marchándose.”

Y entonces ya no estamos hablando solamente de una invitación.

Estamos hablando de identidad.

De pertenencia.

De autoestima.

De historias anteriores.

De todas las veces que quizá sentiste que tenías que ganarte un sitio.

Por eso hay situaciones aparentemente pequeñas que provocan dolores enormes.

No porque seas dramática.

No porque estés exagerando.

Sino porque el acontecimiento actual ha encontrado una herida antigua donde sentarse.

Y ahí conviene tener muchísimo cuidado.

Porque cuando una herida habla suele hacerlo en absolutos:

nunca.

nadie.

siempre.

todo el mundo.

otra vez.

La herida no dice:

“Esta persona no me eligió.”

Dice:

“Nadie me elige.”

Y son cosas completamente diferentes.

No encajar también forma parte de la vida

Creo que hemos construido una idea bastante peligrosa alrededor de la autoestima.

Como si quererte mucho significara que los demás también deberían quererte.

Como si trabajar en ti garantizara que vas a caer bien.

Como si ser buena persona significara que necesariamente vas a ser bienvenida.

No.

Puedes ser una persona maravillosa y caerle mal a alguien.

Puedes haber hecho muchísimo trabajo terapéutico y no encajar en un grupo.

Puedes ser generosa y encontrarte con alguien que compita contigo.

Puedes comunicarte de una manera respetuosa y tener delante a alguien que no quiera escucharte.

Puedes llegar con las mejores intenciones a un espacio donde simplemente no hay sitio para ti.

Y una autoestima suficientemente sólida también necesita poder sostener esta realidad:

no voy a ser bien recibida en todos los lugares.

Hay personas a las que no les vas a gustar.

Hay lugares donde van a exigirte cosas que tú no quieres dar.

Hay grupos donde para pertenecer tendrás que callarte demasiado.

Hay relaciones donde te van a querer mientras cumplas determinadas expectativas.

Hay personas que estarán cómodas contigo mientras no pongas límites.

Y también hay gente maravillosa con la que simplemente no vas a ser compatible.

No todo rechazo significa que alguien sea malo.

Tampoco todo rechazo significa que tú tengas algo que sanar.

A veces no encajáis.

A veces queréis cosas diferentes.

A veces tenéis valores distintos.

A veces el vínculo simplemente no funciona.

La incompatibilidad también existe.

La amistad adulta tiene sus propios duelos

Y aquí, amiga, hay tela.

Porque hemos romantizado muchísimo la amistad.

Nos enseñaron a imaginar ese grupo que empieza en el colegio y llega intacto hasta la vejez.

Las amigas de toda la vida.

Las que están en tu boda.

Las que conocen a tus hijos.

Las que aparecen en todas las fotografías importantes.

Y después llega la vida adulta.

Una emigra.

Otra tiene hijos.

Otra trabaja doce horas.

Otra atraviesa una crisis.

Otra cambia completamente de valores.

Una se casa.

Otra se divorcia.

Otra desaparece durante meses porque apenas puede sostenerse a sí misma.

Y tú también cambias.

Entonces un día miras alrededor y descubres que algunas personas que parecían permanentes ya no están.

Y eso puede provocar una vergüenza muy silenciosa:

“¿Por qué no tengo amigas como las demás?”

“¿Por qué no tengo un grupo?”

“¿Por qué mis amistades cambian tanto?”

“¿Habrá algo malo en mí?”

No necesariamente.

La vida adulta reorganiza los vínculos.

Y a veces no perdemos amistades porque hayamos hecho algo terrible. Las perdemos porque nuestras vidas tomaron direcciones diferentes.

Pero entenderlo no elimina el duelo.

Porque hay amistades que terminan y te rompen el corazón.

Hay personas con las que imaginaste envejecer.

Hay amigas que conocieron versiones de ti que ya no existen.

Y perderlas también significa despedirte de una época de tu propia vida.

Eso merece duelo.

No cinismo.

No ese:

“Quien se quiera ir, que se vaya.”

No siempre.

A veces puedes saber perfectamente que una relación tenía que terminar y, aun así, llorarla muchísimo.

Las dos cosas pueden coexistir.

Ser excluida duele. No necesitas convertirlo inmediatamente en empoderamiento

Creo que a veces utilizamos la psicología para saltarnos demasiado rápido el dolor.

“Si no te invitaron, ellos se lo pierden.”

“Donde no te valoren, vete.”

“Tu gente llegará.”

“Aprende a estar sola.”

Sí.

Pero antes de todo eso quizá necesitamos poder decir:

Me dolió.

Me habría gustado que pensaran en mí.

Me habría gustado que me invitaran.

Me habría gustado sentir que pertenecía.

Me habría gustado que esa amistad funcionara.

Me habría gustado que esa persona me eligiera.

Y no ocurrió.

Qué mierda.

No necesitas fabricar inmediatamente una moraleja bonita.

Puedes estar triste.

Puedes sentir vergüenza.

Puedes sentir rabia.

Puedes preguntarte qué pasó.

Puedes necesitar tiempo para recolocar emocionalmente lo sucedido.

La regulación emocional no consiste en conseguir que algo deje de dolerte cinco minutos después de que haya sucedido.

También consiste en poder sentir ese dolor sin utilizarlo para maltratarte.

Porque:

“No me eligieron”

no significa:

“No soy elegible.”

Cuidado con empezar a rechazarte tú

Esta quizá sea la parte que más me preocupa del rechazo.

No solamente lo que hicieron los demás.

Sino lo que empezamos a hacer nosotras después.

Dejas de proponer planes.

Dejas de escribir primero.

Dejas de acercarte.

Dejas de entrar en grupos nuevos.

Dejas de mostrar entusiasmo.

Dejas de decir que quieres formar parte.

Empiezas a esperar que siempre sean los demás quienes den el primer paso.

Porque una parte de ti piensa:

“¿Para qué voy a intentarlo si probablemente no me quieran?”

Y entonces ocurre algo doloroso:

empiezas a abandonarte antes de comprobar si realmente iban a rechazarte.

Eso también merece trabajarse.

No para convertirte en alguien inmune al rechazo.

Sino para que una experiencia de rechazo no determine todas las relaciones que todavía no han ocurrido.

También necesitamos tener el valor de mirarnos

Y aquí viene una parte menos cómoda.

No quiero que utilicemos el discurso de:

“Ellos se lo pierden”

para evitar cualquier revisión personal.

Porque a veces sí existen patrones.

Si todas tus amistades terminan exactamente de la misma manera.

Si constantemente sientes que los demás te traicionan.

Si cualquier límite lo experimentas como abandono.

Si necesitas pruebas permanentes de que te quieren.

Si te cuesta muchísimo tolerar que tus amigas tengan otros vínculos.

Si ante cualquier conflicto desapareces.

Si para protegerte atacas primero.

Si necesitas agradar hasta que terminas resentida porque nadie conoce realmente quién eres.

Quizá haya algo que mirar.

Y mirarlo no significa concluir que tú eres el problema.

Significa estar dispuesta a conocerte.

Una pregunta terapéutica que me parece importantísima es:

¿Qué parte de esta experiencia pertenece al comportamiento de la otra persona y qué parte está tocando algo que yo ya traía conmigo?

Porque habrá ocasiones en las que la responsabilidad esté fuera.

Otras en las que encontraremos una herida propia.

Y muchísimas veces encontraremos ambas cosas.

Algunas personas solo sabían quererte en una versión concreta de ti

Esta es otra de esas heridas adultas.

Y duele especialmente.

Empiezas a poner límites.

Cambias.

Dejas de estar disponible para todo.

Empiezas a tener éxito.

Dices que no.

Decides priorizarte.

Ya no eres la amiga que resuelve todos los problemas.

Dejas de hacerte pequeña para que nadie se incomode.

Y algunas relaciones empiezan a tambalearse.

Entonces aparece una pregunta dolorosa:

“¿Me querían a mí o querían la función que yo cumplía?”

No siempre habrá una respuesta sencilla.

Pero crecer también implica revisar contratos relacionales que nunca fueron escritos.

Quizá durante años fuiste la comprensiva.

La disponible.

La fuerte.

La divertida.

La que nunca necesitaba nada.

La que siempre escuchaba.

La que cedía.

Y cuando abandonas ese personaje, algunas personas no saben cómo relacionarse contigo.

Eso también puede sentirse como rechazo.

Pero a veces no estás perdiendo pertenencia.

Estás dejando de pagar por ella con partes de ti.

Madurar también significa aceptar que no le vas a gustar a todo el mundo

No eres un billete de 500 euros.

Y aun así seguramente habría alguien que se quejaría porque no tiene cambio.

La meta nunca puede ser gustarle a todo el mundo.

La meta tampoco debería ser conseguir que nada te afecte.

La meta es mucho más humana:

poder sentir el dolor de no pertenecer sin destruirte para conseguir pertenecer.

Poder reconocer:

“Este lugar no me quiere”

sin convertirlo en:

“Nadie me querrá.”

Poder decir:

“Esta amistad terminó”

sin convertirlo en:

“Soy incapaz de tener amistades.”

Poder aceptar:

“Esta persona prefirió a alguien más”

sin traducirlo automáticamente como:

“Esa persona es mejor que yo.”

Poder preguntarte:

“¿Hay algo que quiero revisar de mí?”

sin concluir:

“Todo es culpa mía.”

Eso también es madurez emocional.

No todas las mesas son para ti

Habrá mesas donde no te guarden sitio.

Mesas donde te sentirás demasiado.

Mesas donde tendrás que vigilar cada palabra.

Mesas donde intentarás demostrar constantemente que mereces estar.

Y habrá otras donde llegarás con tu historia, tus rarezas, tus límites, tus contradicciones y tu humanidad entera…

y alguien moverá una silla.

Sin examen.

Sin competición.

Sin pedirte que te conviertas en otra persona como precio de entrada.

Quizá una de las tareas más difíciles de la vida adulta sea aprender a diferenciar unas mesas de otras.

No perseguir desesperadamente aquellas que no nos quieren, pero tampoco dejar de buscar una mesa porque alguna vez nos dejaron fuera.

Porque sí, amiga.

Hay heridas de la vida adulta.

La amistad que termina.

La familia que no cambia.

La persona que no te elige.

La maternidad que modifica tus vínculos.

La migración que desordena tu sentido de pertenencia.

El grupo donde ya no encajas.

La versión de ti que algunas personas preferían.

La gente con la que imaginabas llegar mucho más lejos.

Todo eso puede doler.

Pero ninguna de esas experiencias tiene autoridad suficiente para decidir cuánto vales.

El rechazo es una experiencia, no una identidad.

Y quizá sanar no sea llegar al punto en el que nunca vuelva a dolerte que alguien no te elija.

Quizá sanar sea algo bastante menos espectacular.

Más pequeño.

Más difícil.

Y mucho más real:

que cuando alguien no te elija, tú no te abandones también.

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Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.