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Una conversación sobre la extraña y maravillosa tarea de aprender a sentir sin convertir cada emoción incómoda en un enemigo.

Amiga, tenemos que hablar.

Y esta vez no vengo a decirte que tienes que sanar, elevar tu vibración, cambiar tu mentalidad, hacer veinte afirmaciones positivas frente al espejo o convertirte en la directora ejecutiva de tu estabilidad emocional.

Qué cansancio, por Dios.

Bastante tenemos con ser adultas, pagar facturas, intentar dormir ocho horas, responder mensajes de WhatsApp, mantener relaciones saludables y recordar que hay ropa dentro de la lavadora desde el martes.

Como para encima tener que gestionar cada emoción con la eficiencia de una multinacional.

Hoy quiero proponerte algo diferente.

Sí, Petronila.

Con la tristeza.

Con la rabia.

Con la vergüenza.

Con esa ansiedad que aparece a las tres de la mañana para recordarte una conversación que tuviste en 2017.

Con la culpa, que tiene una capacidad extraordinaria para presentarse sin invitación.

Con el miedo.

Con la frustración.

Con esa nostalgia que te visita incluso cuando, aparentemente, todo está bien.

¿Y si, en lugar de intentar echarlas de tu vida, empiezas a conocerlas?

Porque, amiga, llevamos tanto tiempo intentando sentirnos bien que a veces se nos ha olvidado cómo acompañarnos cuando estamos mal.

Hay días en los que te levantas triste.

No ha pasado nada especialmente grave.

No has discutido con nadie.

No te han despedido.

No has recibido ninguna noticia terrible.

Simplemente estás triste.

Y entonces comienza el interrogatorio.

¿Por qué estoy así?

¿Qué me pasa?

¿Será que estoy retrocediendo?

¿Otra vez con lo mismo?

¿No se supone que ya había superado esto?

Petronila, cariño, ¿tú estás sintiendo tristeza o estás preparando una investigación policial contra ella?

Porque una cosa es sentir una emoción y otra convertir su aparición en una prueba de que algo funciona mal dentro de ti.

A veces estás triste porque estás atravesando un duelo.

A veces porque estás agotada.

A veces porque echas de menos a alguien.

A veces porque tu vida no se parece demasiado a la que imaginabas.

Y otras veces todavía no sabes por qué.

Hay emociones que necesitan palabras.

Otras necesitan descanso.

Algunas necesitan una conversación pendiente.

Y otras simplemente necesitan tiempo.

Pero hemos aprendido a relacionarnos con nuestro mundo emocional como si fuera una lista de problemas que debemos resolver antes del viernes.

Tristeza: eliminar.

Ansiedad: controlar.

Rabia: transformar.

Miedo: superar.

Culpa: gestionar.

Vergüenza: trabajar.

Alegría: mantener.

¡Coño, Petronila!

¿Y cuándo vamos a vivir?

AMIGA, PUEDES IRTE DE VACACIONES CON TU TRISTEZA.

Te voy a decir algo que puede parecer extraño.

Puedes estar triste y disfrutar de un atardecer.

Puedes sentir ansiedad y bailar una canción que te encanta.

Puedes tener miedo y atreverte a hacer algo importante.

Puedes sentir culpa y decidir no castigarte.

Puedes echar de menos a alguien y reírte hasta que te duela la barriga.

Puedes atravesar una etapa difícil y disfrutar de una buena comida.

No tienes que esperar a estar emocionalmente impecable para permitirte vivir.

Imagínate que tienes unas vacaciones organizadas desde hace meses.

Has ahorrado.

Has reservado el alojamiento.

Tienes la maleta preparada.

Y dos días antes aparece la tristeza.

¿Ahora qué?

¿Cancelamos todo porque la señora Tristeza ha decidido acompañarnos?

Pues no necesariamente, amiga.

Que venga.

Que se siente junto a la ventana del avión.

Que contemple el mar.

Que se ponga protector solar.

Y si necesita llorar un ratito mientras tú miras el horizonte, que llore.

Quizá puedas disfrutar de algunos momentos y sentir dolor en otros.

Quizá necesites adaptar tus planes.

Quizá descubras que ese viaje no te cura, pero te recuerda que tu vida sigue teniendo lugares donde puedes sentir algo más que sufrimiento.

Porque eso también es importante:

Las emociones no siempre llegan de una en una, perfectamente organizadas, esperando su turno como pacientes en una consulta.

A veces llegan todas juntas.

La alegría se sienta al lado de la nostalgia.

El amor comparte habitación con el miedo.

La esperanza desayuna con la incertidumbre.

Y tú, que pensabas que tenías que elegir una sola emoción para explicar cómo estás, descubres que puedes sentir muchas cosas al mismo tiempo.

Qué complejidad tan profundamente humana.

La ansiedad tiene una reputación complicada.

Y no voy a romantizarla.

Sé que puede ser agotadora.

Que puede quitarte el sueño.

Que puede hacer que tu corazón se acelere, que tu cuerpo permanezca en alerta y que situaciones aparentemente sencillas se conviertan en experiencias difíciles.

Cuando es intensa, persistente o incapacitante, merece atención profesional.

Pero quiero hablarte de algo que ocurre con frecuencia.

Del miedo que empezamos a tenerle al propio miedo.

Sientes ansiedad.

Entonces te asustas porque estás sintiendo ansiedad.

Y empiezas a vigilarte.

¿Y si me pongo peor?

¿Y si no consigo calmarme?

¿Y si me pasa otra vez?

¿Y si nunca desaparece?

Y ahora tienes dos problemas: la ansiedad inicial y la batalla que has declarado contra ella.

En psicología hablamos de la evitación experiencial cuando intentamos escapar de determinados pensamientos, sensaciones o emociones incluso a costa de alejarnos de cosas importantes para nuestra vida.

Y ojo: distraerte, descansar o apartarte temporalmente de algo que te desborda no es necesariamente evitación problemática.

El problema aparece cuando toda tu vida empieza a organizarse alrededor de no sentir.

Dejas de salir por miedo a sentir ansiedad.

Dejas de conocer personas por miedo al rechazo.

Dejas de expresar tus necesidades por miedo al conflicto.

Dejas de intentar cosas nuevas por miedo a fracasar.

Y, sin darte cuenta, tu mundo empieza a hacerse pequeño.

Por eso quiero proponerte una imagen.

Imagínate que la ansiedad aparece mientras estás escuchando tu canción favorita.

No tienes que invitarla a dirigir la coreografía.

Tampoco necesitas pelearte con ella hasta que desaparezca.

Quizá puedas reconocerla.

«Ah, estás aquí».

Respirar sin exigirte que la respiración haga milagros.

Sentir tus pies en el suelo.

Y, si es posible, seguir moviéndote al ritmo de la música.

No porque hayas vencido a la ansiedad.

Sino porque tu vida no tiene por qué quedarse completamente detenida cada vez que aparece una emoción incómoda.

Ay, Petronila.

Hablemos de la rabia.

Esa emoción que tantas mujeres hemos aprendido a esconder para no parecer exageradas, conflictivas, difíciles, histéricas o poco femeninas.

Porque a muchas nos enseñaron que una mujer buena es una mujer comprensiva.

Una mujer que entiende.

Que perdona.

Que habla bajito.

Que no se enfada demasiado.

Que no incomoda.

Que no levanta la voz.

Y entonces llega un día en el que estás hasta el mismísimo coño de sostener situaciones que te hacen daño.

Pero, en lugar de preguntarte qué está pasando, te preguntas por qué eres tan irritable.

Amiga.

A veces la rabia aparece porque alguien ha cruzado un límite.

Porque llevas demasiado tiempo tragándote cosas.

Porque estás sosteniendo responsabilidades que deberían repartirse.

Porque hay una injusticia.

Porque necesitas decir que no.

Y también puede aparecer cuando interpretamos erróneamente una situación, estamos agotadas o sentimos una amenaza que no existe como la imaginamos.

La rabia no siempre tiene razón.

Pero merece ser escuchada.

Puedes enfadarte sin humillar.

Puedes sentir ira sin agredir.

Puedes reconocer que algo te ha dolido sin convertir el dolor en una venganza.

La regulación emocional no consiste en dejar de enfadarte.

Consiste, entre otras cosas, en aprender a decidir qué haces con ese enfado.

Y a veces la respuesta será hablar.

Otras, retirarte.

Otras, establecer un límite.

Y otras, reconocer que estás demasiado activada para tener esa conversación ahora mismo.

Eso también es inteligencia emocional.

No ser una santa.

Ser una persona capaz de reconocer su rabia sin entregarle las llaves de todas sus decisiones.

Hay emociones que hacen ruido.

Y otras que te hablan bajito.

La vergüenza suele tener una voz muy particular.

«No deberías haber dicho eso».

«Van a pensar que eres ridícula».

«No eres suficiente».

«Qué necesidad tenías de exponerte».

«Mejor no lo intentes».

Y de repente tienes treinta y siete años, una vida llena de experiencias, responsabilidades, aprendizajes y dificultades superadas, pero sigues sintiéndote como aquella niña que temía equivocarse delante de todo el mundo.

La vergüenza puede estar profundamente vinculada a nuestra historia.

A cómo nos miraron.

A cómo nos corrigieron.

A las burlas.

A los rechazos.

A las normas familiares.

A los mensajes que recibimos sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestra forma de hablar, nuestra clase social o nuestra manera de existir.

Y aquí quiero detenerme.

Porque no todas las emociones incómodas nacen de una interpretación individual equivocada.

Algunas tienen mucho que ver con el mundo en el que vivimos.

Hay mujeres que sienten vergüenza por ser pobres.

Por no tener estudios.

Por su acento.

Por su cuerpo.

Por necesitar ayuda.

Por no poder ser madres.

Por no querer serlo.

Por haberse divorciado.

Por haber migrado y sentir que nunca terminan de pertenecer.

Y no, Petronila, no vamos a solucionar todas esas experiencias repitiendo delante del espejo que somos suficientes.

También necesitamos cuestionar las condiciones sociales que nos enseñaron a sentirnos menos.

A veces abrazar tu vergüenza consiste en empezar a preguntarte:

¿De quién es realmente esta voz?

¿Quién me enseñó que esto era motivo para esconderme?

¿Estoy haciendo algo contrario a mis valores o simplemente estoy dejando de cumplir las expectativas de otras personas?

Porque hay una diferencia enorme entre revisar nuestras conductas y vivir permanentemente avergonzadas de existir.

También está bien, amiga.

Porque ahora resulta que, además de sentir emociones incómodas, tenemos que recibirlas con amor, gratitud, comprensión y una taza de té.

No me jodas.

Hay días en los que no quieres abrazar la tristeza.

Ni escribirle una carta a tu miedo.

Ni preguntarle a tu ansiedad qué necesita.

Hay días en los que estás cansada.

Y lo único que quieres es ducharte, ponerte el pijama, comer algo rico y ver una serie sin analizar tu infancia.

Y eso no significa necesariamente que estés evitando tus emociones de una manera perjudicial.

Puedes distraerte.

Puedes descansar.

Puedes reírte.

Puedes llamar a una amiga para hablar de cualquier tontería.

Puedes decir: «Ahora mismo no tengo energía para entrar en esto».

La clave está en aprender a distinguir cuándo estás dándote un descanso y cuándo estás huyendo constantemente de algo que necesita atención.

Porque ignorar temporalmente una emoción puede ser una forma razonable de regularte.

Pero ignorarla sistemáticamente, cuando señala una necesidad importante, puede terminar alejándote de ti.

No se trata de escucharlo todo a todas horas.

Se trata de no abandonarte cada vez que aparece algo difícil.

Nos han vendido una imagen bastante peculiar de la persona emocionalmente inteligente.

Una persona serena.

Equilibrada.

Que nunca pierde los nervios.

Que responde con frases impecables.

Que sabe exactamente qué siente.

Que nunca se contradice.

Que tiene una relación maravillosa con su pasado.

Y que, cuando alguien le hace una cabronada, responde con una sonrisa y agradece el aprendizaje.

Petronila, eso no es inteligencia emocional.

Eso parece el departamento de atención al cliente de una empresa que no quiere recibir reclamaciones.

La inteligencia emocional incluye reconocer, comprender y regular las emociones, así como utilizar esa información para relacionarnos con nosotras mismas y con los demás.

No significa no sufrir.

No significa no llorar.

No significa no equivocarte.

No significa tener una explicación psicológica para cada cosa que te ocurre.

Tampoco significa estar obligada a transformar cada experiencia dolorosa en crecimiento personal.

A veces la inteligencia emocional consiste en reconocer:

«Estoy celosa y necesito entender qué me pasa antes de acusar a mi pareja».

«Estoy enfadada y no quiero hablarte desde este estado».

«Estoy triste y necesito compañía».

«Estoy desbordada y voy a pedir ayuda».

«Tengo miedo, pero esto es importante para mí».

«Hoy no puedo con todo».

Y, quizá una de las más difíciles:

«No sé exactamente qué siento, pero voy a tratarme con respeto mientras lo descubro».

Eso también es madurez emocional.

No tenerlo todo resuelto.

Saber acompañarte mientras no lo está.

Hay algo que me preocupa de cómo hablamos actualmente de salud mental.

Estamos convirtiendo el bienestar emocional en otra obligación.

Hay que sanar.

Hay que regularse.

Hay que poner límites.

Hay que identificar patrones.

Hay que tener autoestima.

Hay que practicar gratitud.

Hay que hacer journaling.

Hay que meditar.

Hay que ser resiliente.

Hay que saber estar sola.

Hay que gestionar la frustración.

Hay que aprender a soltar.

¡Amiga, pero qué cantidad de trabajo!

Y mientras tanto, hay personas intentando sobrevivir con salarios insuficientes, alquileres imposibles, trabajos precarios, duelos, enfermedades, soledad, discriminación y responsabilidades familiares que apenas dejan espacio para respirar.

No podemos hablar de regulación emocional ignorando las condiciones en las que las personas están intentando regularse.

Porque a veces no necesitas una nueva técnica para gestionar el estrés.

Necesitas descanso.

Necesitas apoyo.

Necesitas dinero.

Necesitas seguridad.

Necesitas que alguien comparta contigo la carga.

Necesitas que deje de ocurrir aquello que te está haciendo daño.

Y otras veces sí necesitas herramientas psicológicas, acompañamiento terapéutico o atención especializada.

Las dos cosas pueden ser verdad.

Por eso me interesa una psicología que no te enseñe solamente a tolerar el sufrimiento.

También una psicología que te ayude a preguntarte qué sufrimientos son evitables, qué relaciones necesitan cambiar y qué condiciones sociales merecen ser cuestionadas.

Porque aprender a convivir con tus emociones no debería significar resignarte a cualquier vida.

Quiero que imagines algo.

Tienes delante a una niña que está llorando.

No sabe explicar demasiado bien qué le ocurre.

Está confundida.

Quizá tiene miedo.

Quizá está frustrada.

Quizá necesita descansar.

¿Le dirías que deje de llorar inmediatamente?

¿Le exigirías que justificara su tristeza?

¿Le preguntarías por qué todavía no ha superado aquello que le pasó?

¿Le recordarías que hay niñas que están peor?

Probablemente intentarías acercarte.

Preguntarle qué necesita.

Escucharla.

Ofrecerle un poco de seguridad.

Y si no quisiera hablar, quizá te quedarías cerca.

Entonces quiero preguntarte algo.

¿Por qué cuando estás triste te insultas?

¿Por qué cuando tienes miedo te llamas cobarde?

¿Por qué cuando te equivocas te humillas?

¿Por qué cuando necesitas descansar te acusas de ser vaga?

¿Por qué cuando sientes rabia te dices que eres insoportable?

¿Por qué conviertes tu dolor en una oportunidad para tratarte todavía peor?

Amiga, ya sé que cambiar el diálogo interior no es tan sencillo como decidir hablarte bonito.

Sé que algunas voces llevan muchos años viviendo dentro de nosotras.

Sé que hay historias difíciles.

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Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.