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Llegaste a los 30, a los 35, a los 40 o a los 50 y ahí estás: mirándote como si fueras una adulta extraña que se ha colado en tu propia vida.

Tienes una edad en la que se suponía que ya ibas a saber qué carajo hacer contigo.

Pero no sabes.

No sabes si quieres seguir en esa relación. No sabes si elegiste bien tu profesión. No sabes si deseas la vida que tienes o simplemente llevas tantos años sosteniéndola que ahora te da miedo soltarla.

Y te das palizas.

Porque a los 20 hiciste un plan.

A los 20 decidiste que a los 30 tendrías estabilidad, una pareja sana, una casa bonita, un trabajo importante, ahorros, amigas para toda la vida y una paz mental bastante ambiciosa para alguien que todavía no sabía cuánto costaba un colchón decente.

El problema no es que aquel plan haya cambiado.

El problema es que sigues juzgando a la mujer que eres con las expectativas de una muchacha que todavía no había vivido lo que tú has vivido.

Ella no sabía quién iba a decepcionarte. No conocía las pérdidas que te atravesarían. No sabía cómo cambiaría tu cuerpo, qué relaciones te romperían, cuánto cansaría cuidar, emigrar, maternar, sobrevivir o intentar ser una adulta funcional mientras todo sube menos tu sueldo.

Tu yo de 20 años hizo un plan sin tener toda la información.

Y ahora tú te llamas fracasada porque no quieres cumplirlo.

Amiga, quizá no estás perdida.

Quizá estás intentando orientarte con un mapa viejo.

Hablamos muchísimo de crisis existenciales, pero se nos olvida poner un ingrediente importante sobre la mesa: el dinero.

Porque queda precioso decir:

Si no te gusta tu vida, cámbiala.

Gracias, cielo. Menos mal que viniste a decírmelo. Yo pensaba quedarme otros quince años llorando en el baño del trabajo porque no conocía la existencia del verbo cambiar.

La pregunta no siempre es si quieres cambiar.

La pregunta es: ¿con qué dinero?

¿Con qué dinero dejas un trabajo que te está enfermando?

¿Con qué dinero te separas si no puedes pagar un alquiler sola?

¿Con qué dinero estudias otra profesión?

¿Con qué dinero reduces tu jornada, pagas una mudanza, buscas ayuda o te tomas un mes para pensar?

¿Con qué dinero te encuentras cuando llevas años usando toda tu energía para llegar a fin de mes?

Porque hasta para encontrarnos a veces necesitamos dinero.

Y no te hablo de irte a Bali a descubrir tu propósito delante de un coco. Tampoco de pasar un fin de semana en París, mirar la Torre Eiffel y decidir que, a partir del lunes, no volverás a aceptar migajas emocionales.

A veces encontrarte exige algo bastante menos fotogénico.

Una sesión de terapia. Un libro. Una tarde sin cuidar a nadie. Una guardería. Un billete de autobús. Un café tomado sin culpa. Poder cerrar el ordenador a una hora humana. Dormir. Ir al dentista. Tener cien euros que no estén destinados a apagar el siguiente incendio.

Hay personas que no necesitan otro retiro espiritual.

Necesitan margen.

A veces no te vas porque tienes miedo.

Y a veces no te vas porque no tienes dónde caer.

No es lo mismo.

Nos hemos acostumbrado a traducir todos los problemas al idioma de la psicología individual. Si no dejas la relación, tienes dependencia emocional. Si no renuncias, tienes una mentalidad limitante. Si no emprendes, te falta confianza. Si no descansas, no sabes poner límites.

¿Y si además tienes 73 euros hasta final de mes?

¿Y si dejar a tu pareja significa no poder pagar una vivienda?

¿Y si tu familia depende de tu sueldo?

¿Y si eres migrante y tu permiso, tus contactos o tu estabilidad dependen de conservar ese trabajo?

La autoestima es importante, pero no paga una fianza. La valentía ayuda, pero no sustituye una red de apoyo. Puedes repetir “merezco una vida abundante” hasta quedarte afónica; el casero seguirá queriendo una nómina.

Esto no significa que el dinero lo explique todo. Significa que hablar de libertad sin hablar de recursos es hacer psicología de Pinterest.

Hay mujeres que saben perfectamente qué deberían hacer.

Lo saben desde hace años.

No necesitan que otra persona les diga “elige tu paz”. Necesitan saber quién recoge a sus hijos, cuánto cuesta un abogado, dónde van a vivir y cómo pagarán la compra el mes siguiente.

No les falta conciencia.

Les falta estructura para sostener la decisión que ya han tomado por dentro.

Una persona deja su trabajo, se compra un billete, viaja seis meses, aprende cerámica y vuelve diciendo que por fin ha entendido qué importa en la vida.

Me alegro por ella. De verdad.

Ojalá todas pudiéramos perdernos con alojamiento incluido.

Pero hay otras crisis existenciales que ocurren doblando ropa, fregando platos, respondiendo correos o calculando si este mes pagas la terapia o arreglas la lavadora.

No tienen banda sonora.

No quedan bonitas en Instagram.

Nadie fotografía el momento en el que abres la aplicación del banco y decides aplazar tu transformación personal hasta que cobres.

Cuando toda tu energía está puesta en sobrevivir, conocerte puede parecer un lujo. Tu cerebro no dice: “Exploremos mi deseo más auténtico”. Dice: “Primero resolvamos el recibo de la luz y luego, si queda fuerza, buscamos el sentido de la vida”.

Por eso no cuesta lo mismo reinventarse teniendo ahorros, contactos, casa familiar y alguien que cuide a tus criaturas que hacerlo sola, endeudada, migrante o sosteniendo económicamente a otras personas.

El salto puede parecer idéntico.

El suelo al que caes no lo es.

Esta frase quiero que te la guardes:

Saber lo que necesitas no significa poder hacerlo mañana.

Puedes tener clarísimo que tu trabajo te está destruyendo y necesitar seis meses para marcharte. Puedes saber que una relación terminó y todavía estar organizando una salida. Puedes querer empezar terapia y no disponer ahora mismo de cincuenta euros semanales.

Eso no significa que no quieras cambiar.

Tampoco significa que estés eligiendo sufrir.

A veces estás lista y estás haciendo números.

Y hacer números también puede ser una forma de cuidarte.

Porque la prisa por cambiar es un privilegio cuando equivocarte no te deja en la calle.

Tal vez tu transformación no empiece cerrando una puerta dramáticamente mientras suena una canción de Beyoncé. Tal vez empiece abriendo una cuenta separada con veinte euros. Actualizando el currículum a escondidas. Preguntando por una ayuda. Comprando un libro de segunda mano. Estudiando una hora cuando todo el mundo duerme.

Algunas revoluciones personales comienzan con una hoja de cálculo bastante fea.

No es muy cinematográfico.

Pero es real.

Sería deshonesto decir que todo el mundo puede acceder a terapia. No puede. La salud mental sigue dependiendo demasiado del código postal, del tiempo, de la red y de la cuenta bancaria.

Necesitamos más atención pública, grupos accesibles, bibliotecas, profesionales con condiciones dignas y recursos comunitarios. Necesitamos dejar de presentar la terapia privada como la única manera seria de cuidarse.

Pero también quiero decirte algo.

Darte palizas todos los días no te acerca a la vida que quieres.

Llamarte vaga no aumenta tus ingresos. Llamarte cobarde no te consigue una casa. Llamarte fracasada no rejuvenece tu currículum, no crea una red y no devuelve los años que crees haber perdido.

Solo consigue que tengas dos problemas: la falta de recursos y una voz interior culpándote por no tenerlos.

Un cuaderno no paga el alquiler. Un libro no elimina la precariedad. Una conversación no sustituye el tratamiento que necesitas.

Pero quizá puedan ayudarte a dejar de ser el lugar más hostil en el que vives mientras construyes una salida.

Y eso no es poca cosa.

Quizá no puedas cambiarla entera ahora.

Sé que esta respuesta no vende tantas tazas como “cree en ti y atrévete”, pero al menos no te miente.

Puedes empezar por calcular cuánto cuesta realmente el cambio que deseas. Separar lo urgente de lo importante. Preguntar por ayudas. Buscar alternativas. Construir margen. Pedir una ayuda concreta. Dejar de comparar tu ritmo con el de alguien que tiene otra red, otra nacionalidad, otra salud y otra cuenta bancaria.

Puedes preguntarte:

  • ¿Qué cambiaría mañana si tuviera dinero suficiente?
  • ¿Cuánto necesito realmente para dar el siguiente paso?
  • ¿Qué puedo empezar a preparar durante los próximos tres meses?
  • ¿Quién podría ayudarme de una manera concreta?
  • ¿Estoy intentando resolver con autoestima un problema que también necesita dinero?

No para convertir tu vida en una empresa. Bastante tenemos ya.

Para sacar tu crisis del terreno de la culpa y llevarla al terreno de la realidad.

Porque quizá no eres incapaz de cambiar.

Quizá el cambio que deseas necesita recursos que todavía estás reuniendo.

No voy a romantizar la precariedad. El dinero compra tiempo, vivienda, tratamiento, descanso, transporte, ayuda y posibilidades. Casualidades de la vida: todo eso influye muchísimo en la salud mental.

Pero tampoco voy a decirte que hasta que tengas dinero no puedes hacer nada.

Entre “todo depende de tu actitud” y “todo depende de tu cuenta bancaria” hay una verdad más incómoda: tu capacidad importa, pero siempre actúa dentro de unas condiciones.

No eres todopoderosa.

Tampoco eres completamente impotente.

Puedes dejar de obedecer ciegamente el plan que hiciste a los 20. Puedes reconocer que la mujer que eres hoy tiene derecho a querer otra cosa. Puedes dejar de llamarte fracaso por no dar un salto sin red. Puedes construir la salida de una manera lenta, poco glamurosa y económicamente posible.

A veces cambiar de vida no se parece a mudarte de país, abandonar tu trabajo o empezar de cero.

A veces se parece a guardar cincuenta euros.

A pedir una primera cita.

A investigar una formación.

A decir: “Ahora mismo no puedo irme, pero voy a empezar a preparar mi salida”.

A escribir en una hoja:

Esta vida ya no me sirve, pero no voy a maltratarme mientras construyo otra.

Quizá encontrarte cuesta dinero.

Pero no haberte encontrado todavía no significa que te hayas abandonado.

Puede significar que estás intentando hacer algo muy difícil: construir una vida distinta sin destruirte económicamente en el intento.

Y, amiga, eso no es falta de valentía.

Eso también es cuidado.

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Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.