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Imagina que la vida es un viaje en tren.

No uno de esos viajes rápidos donde subes, llegas y bajas.

No.

Uno de esos viajes largos en los que miras por la ventana, cambian los paisajes, aparecen personas que se quedan un rato y otras que se marchan antes de tiempo.

Un viaje donde nadie te entrega un mapa completo.

Donde muchas veces ni siquiera sabes cuál será la próxima parada.

Y, sin embargo, durante años nos hicieron creer que había una estación a la que debíamos llegar para quedarnos allí para siempre.

La estación de la felicidad.

Como si la vida consistiera en alcanzar un estado emocional concreto y mantenerlo intacto el resto de nuestros días.

Como si sentir tristeza fuera un error.

Como si el miedo fuera una señal de fracaso.

Como si la rabia fuera algo que hubiera que esconder.

Como si la incertidumbre fuera un defecto de carácter.

Y entonces comenzamos a vivir peleándonos con nuestro propio viaje.

Queríamos acelerar las estaciones incómodas.

Saltarnos algunas.

Eliminar otras.

Negociar con ellas.

Controlarlas.

Explicarlas.

Arreglarlas.

Pero las emociones no funcionan así.

Las emociones son estaciones.

Y las estaciones no están para que vivas en ellas.

Están para que pares, observes y escuches.

Nada más.

Quizá una de las cosas que más sufrimiento genera es creer que una emoción es una identidad.

Decir:

“Estoy triste.”

Y terminar pensando:

“Soy una persona triste.”

Decir:

“Tengo miedo.”

Y concluir:

“No valgo para esto.”

Sentir ansiedad.

Y creer que tu vida está rota.

Sentir rabia.

Y pensar que te has convertido en alguien horrible.

Pero las emociones no son identidades.

Son mensajes.

Son información.

Son experiencias temporales.

Son visitantes.

No son tu dirección permanente.

La tristeza no llegó para destruirte.

Quizá llegó para mostrarte una pérdida.

Un duelo.

Una despedida.

Una expectativa que no se cumplió.

Un amor que terminó.

Una versión de ti que ya no existe.

La tristeza suele tener mala fama.

Vivimos en una cultura obsesionada con estar bien.

Con estar motivadas.

Con ser productivas.

Con sonreír.

Con demostrar que todo va perfectamente.

Y mientras tanto, la tristeza sigue llamando a la puerta.

Porque hay cosas que merecen ser lloradas.

Hay pérdidas que necesitan espacio.

Hay despedidas que necesitan tiempo.

Hay dolores que no se curan porque alguien te diga:

“Anímate.”

La tristeza no siempre es una enemiga.

A veces es una maestra.

A veces es la única forma que tiene el corazón de procesar algo importante.

Luego está la estación del miedo.

Esa que tanta gente intenta evitar.

Porque nos enseñaron que las personas valientes no tienen miedo.

Pero eso nunca fue cierto.

Las personas valientes tienen miedo constantemente.

Solo que siguen caminando.

El miedo aparece cuando amas.

Cuando emprendes.

Cuando te conviertes en madre.

Cuando migras.

Cuando te divorcias.

Cuando empiezas terapia.

Cuando te enamoras.

Cuando dices la verdad.

Cuando decides poner límites.

Cuando te permites ser vista.

El miedo suele aparecer justo delante de aquello que importa.

Por eso no siempre es una señal para detenerse.

A veces es una señal de que estás creciendo.

La cuestión no es eliminar el miedo.

La cuestión es preguntarle:

“¿Qué intentas decirme?”

Porque detrás del miedo suele esconderse algo importante.

Una necesidad.

Una herida.

Una historia.

Una protección.

Y cuando escuchamos eso, el miedo deja de ser un monstruo y empieza a convertirse en información.

Después está la estación de la rabia.

La gran incomprendida.

Especialmente para muchas mujeres.

A muchas nos enseñaron a ser agradables antes que honestas.

A sonreír antes q

A comprender antes que poner límites.

perdonar antes que protegernos.

Por eso la rabia suele salir disfrazada.

mo ansiedad.

Como culpa.

Como agotamiento.

Como resentimiento.

Como tristeza.

Como síntomas físicos.

Pero la rabia tiene una función maravillosa.

La rabia aparece cuando algo importante necesita protección.

Cuando se cruzó un límite.

Cuando se produjo una injusticia.

Cuando algo nos dolió profundamente.

La rabia no siempre pide que grites.

A veces simplemente pide que te escuches.

Que dejes de decir sí cuando quieres decir no.

Que dejes de justificar comportamientos que te dañan.

Que dejes de abandonarte para que otras personas estén cómodas.

La rabia no siempre destruye.

Muchas veces reconstruye.

Y luego aparece la incertidumbre.

Esa estación que nadie quiere visitar.

Porque el ser humano adora las certezas.

Nos encanta saber qué va a pasar.

Qué decisión tomar.

Qué relación funcionará.

Qué trabajo será el correcto.

Qué camino nos hará felices.

Pero la vida rara vez nos ofrece ese tipo de garantías.

La incertidumbre forma parte del viaje.

Siempre.

Incluso cuando creemos que tenemos el control.

Porque la verdad es que nunca lo hemos tenido tanto como pensamos.

Hay relaciones que terminan.

Trabajos que desaparecen.

Personas que cambian.

Planes que fracasan.

Sueños que se transforman.

La incertidumbre no es una anomalía.

Es una condición natural de estar viva.

Y cuanto antes dejamos de luchar contra ella, antes empezamos a vivir con más libertad.

Hay otra estación de la que se habla poco.

La alegría.

Porque incluso la alegría merece ser escuchada.

Muchas personas han aprendido a sobrevivir, pero no a disfrutar.

Saben gestionar el dolor.

Pero no saben quedarse en la calma.

No saben celebrar.

No saben descansar sin culpa.

No saben recibir amor sin sospechar.

No saben sentirse bien sin preguntarse cuánto durará.

Y entonces la alegría también se convierte en una maestra.

Porque nos recuerda que la vida no solo consiste en resistir.

También consiste en habitar.

En disfrutar.

En reír.

En crear.

En compartir.

En mirar el cielo.

En abrazar.

En enamorarse.

En bailar en la cocina.

En tomar café con una amiga.

En leer un libro.

En sentir que por unos minutos todo está bien.

Quizá una de las mayores trampas de nuestra época es creer que el objetivo es permanecer para siempre en una emoción agradable.

Pero la vida no funciona así.

Ninguna emoción es permanente.

Ni la tristeza.

Ni el miedo.

Ni la rabia.

Ni la alegría.

Todas pasan.

Todas cambian.

Todas se transforman.

Y cuanto más intentamos retener unas o expulsar otras, más sufrimiento generamos.

La salud emocional no consiste en sentir siempre cosas bonitas.

La salud emocional consiste en desarrollar la capacidad de acompañarte en todas las estaciones.

En todas.

También en las que no elegiste.

También en las que duelen.

También en las que te rompen un poco.

Porque la verdadera seguridad emocional no aparece cuando controlas todo lo que ocurre.

Aparece cuando descubres que puedes sostenerte mientras ocurre.

Que puedes llorar y seguir siendo tú.

Que puedes tener miedo y seguir avanzando.

Que puedes sentir rabia y seguir siendo una buena persona.

Que puedes sentir incertidumbre y seguir construyendo una vida significativa.

Que puedes perder algo importante y volver a encontrar partes de ti.

Quizá madurar emocionalmente no consiste en dejar de sentir.

Quizá consiste en dejar de asustarte por lo que sientes.

Quizá consiste en comprender que las emociones son estaciones de paso.

No cárceles.

No condenas.

No diagnósticos.

No identidades.

Estaciones.

Paradas temporales en un viaje mucho más grande.

Y tal vez el verdadero aprendizaje de la vida sea este:

No llegar rápidamente a la próxima estación.

No escapar de las difíciles.

No quedarte atrapada en las agradables.

Sino aprender a sentarte junto a la ventana.

Mirar el paisaje.

Escuchar lo que cada parada viene a enseñarte.

Y recordar que, pase lo que pase, el tren seguirá avanzando.

Porque eso también es vivir.

No evitar las emociones.

Sino aprender a viajar con ellas.

Con amor, Alexa. 💜

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Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.