Tiempo de lectura: 8 minutos

En la vida suceden cosas que nos atraviesan tanto que se nos hace imposible creer que algún día la vida pueda ponerse un poquito a nuestro favor.

Una muerte.                         

Una ruptura.

Una enfermedad.

Perder un trabajo.

Migrar.

Una traición.

Una maternidad que no se parece en nada a la que habías imaginado.

Una depresión.

Una crisis económica.

Una familia que duele.

O simplemente llegar un día a casa, sentarte en el sofá y darte cuenta de que no sabes qué coño estás haciendo con tu vida.

Hay experiencias que no solamente duelen.

Hay experiencias que reducen nuestro mundo.

De repente, dejamos de pensar en el próximo verano, en el viaje que queríamos hacer, en aquella formación que nos hacía ilusión, en enamorarnos otra vez, en cambiar de trabajo, en conocer gente, en escribir un libro, en empezar un proyecto.

Dejamos incluso de imaginar.

Porque cuando sobrevivir al presente consume prácticamente todos nuestros recursos emocionales, pensar en el futuro puede convertirse en un lujo.

Y entonces ocurre algo peligroso:

confundimos cómo está nuestra vida ahora con cómo será nuestra vida para siempre.

El dolor tiene una capacidad brutal para encerrarnos en el presente

Cuando estamos bien, el futuro parece enorme.

Podemos imaginarnos dentro de cinco años.

Hacemos planes.

Compramos entradas para dentro de seis meses.

Pensamos dónde queremos vivir.

Fantaseamos.

Nos permitimos decir: algún día.

Pero cuando estamos sufriendo mucho, el horizonte se hace pequeño.

A veces tan pequeño que solamente existe hoy.

O esta tarde.

O esta noche.

O los próximos veinte minutos.

Y desde ahí intentamos responder preguntas gigantescas:

¿Mi vida siempre será así?

¿Voy a volver a sentirme yo?

¿Algún día dejará de doler?

¿Voy a encontrar mi lugar?

¿Voy a volver a querer a alguien?

¿Qué sentido tiene seguir haciendo todo esto?

El problema es que estamos intentando predecir toda nuestra existencia desde uno de sus momentos más dolorosos.

Y nuestro cerebro, cuando está agotado, triste, asustado o desesperanzado, no es precisamente un buen guionista del futuro.

El dolor habla en absolutos.

Nunca.

Siempre.

Nadie.

Nada.

Ya está.

Esto es lo que me ha tocado.

Y poco a poco podemos empezar a pensar que el presente es una sentencia.

Pero un estado emocional no es una profecía.

En 2018 yo tampoco podía imaginar muchas cosas

En 2018 mi vida se puso patas arriba.

Murió una de mis hermanas.

No pude viajar a República Dominicana.

Después llegaron la depresión, la ansiedad, el insomnio, los pensamientos suicidas y una tristeza que parecía haberse instalado en mi cuerpo.

No sabía qué coño hacer con mi vida.

Y lo digo ahora, desde 2026, sabiendo todo lo que ocurrió después.

Pero aquella mujer de 2018 no tenía esa información.

Ella no sabía quién iba a ser yo ocho años después.

No conocía las personas que iban a llegar.

No sabía los proyectos que iba a crear.

No sabía las conversaciones que tendría.

No sabía las veces que volvería a reírse hasta que le doliera la barriga.

No sabía las cosas que todavía iba a escribir.

No sabía cuántas veces iba a volver a ilusionarse.

No sabía que un día tendría tantos proyectos en la cabeza que pensaría:

¿Cuántas vidas necesito para hacer todo lo que quiero hacer?

Y me parece una puta locura pensar en eso.

Porque en 2018 no sabía qué hacer con mi vida.

Y en 2026 siento que una sola vida no me alcanza para todo lo que quiero hacer con ella.

Pero quiero decir algo importante.

No cuento esto para construir una historia preciosa de superación.

No quiero que leas mi experiencia y pienses:

¿Ves? Todo pasa.

Porque no.

Mi hermana sigue muerta.

Hay pérdidas que no tienen un final bonito.

Hay cosas que no se reparan.

Hay experiencias que dejan cicatrices, cambian nuestra manera de relacionarnos con el mundo y vuelven a doler en momentos inesperados.

Sanar no convirtió lo ocurrido en algo bueno.

Lo que cambió fue mi relación con aquello que había ocurrido y con la vida que todavía quedaba después.

No siempre necesitamos aferrarnos a la vida

Hay una frase que repetimos muchísimo cuando alguien está atravesando un momento profundamente doloroso:

Aférrate a la vida.

Y entiendo de dónde viene.

Pero a veces me pregunto si somos conscientes del esfuerzo que estamos pidiendo.

Porque hay personas que, en determinados momentos, no pueden aferrarse a nada.

Están agotadas.

Desconectadas.

Desesperanzadas.

Llevan meses o años intentando sostener situaciones que parecen no terminar nunca.

Por eso, si ahora mismo la vida te pesa demasiado, yo no quiero pedirte que estés agradecida por estar viva.

No quiero pedirte que pienses positivo.

No quiero decirte que tienes muchísimas cosas buenas.

No quiero prometerte que mañana todo estará bien.

Quizá ahora mismo no puedes amar tu vida.

Quizá ni siquiera puedes imaginar una vida que quieras vivir.

Entonces podemos empezar mucho más pequeño.

¿Qué necesitas para que hoy duela un poquito menos?

No dentro de cinco años.

Hoy.

Quizá necesitas dormir.

Comer algo.

Llorar.

Cancelar un compromiso.

Llamar a alguien.

Pedir ayuda profesional.

Decir por primera vez en voz alta: no estoy pudiendo con esto.

Quizá necesitas dejar de solucionar tu existencia completa esta noche.

La tristeza no siempre necesita que la echemos de casa

Durante mucho tiempo pensé que estar mejor significaba dejar de sentir determinadas emociones.

No estar triste.

No sentir ansiedad.

No tener miedo.

No volver a caer.

Como si la salud mental fuera llegar a una especie de estado emocional premium en el que una se levanta regulada, agradecida, toma agua con limón y entiende perfectamente el propósito de su existencia.

Spoiler:

no.

La tristeza volvió.

Muchas veces.

Y probablemente seguirá volviendo.

Porque vivir implica perder.

Despedirse.

Cambiar.

Decepcionarse.

Envejecer.

Extrañar.

Aceptar (respetar) cosas que no elegimos.

Renunciar a vidas que imaginábamos.

La pregunta dejó de ser:

¿Cómo hago para no volver a estar triste?

Y empezó a convertirse en:

¿Cómo quiero acompañarme cuando vuelva a estarlo?

Eso cambió muchas cosas.

Ahora intento llevarme bien con la tristeza.

Bueno.

Eso intento.

Hay días en los que la escucho.

Otros en los que me cabrea.

A veces escribo.

A veces lloro.

A veces necesito hablar.

A veces necesito silencio.

Pero intento no convertir inmediatamente su presencia en una emergencia.

Estar triste no significa necesariamente que mi vida esté mal.

Y, sobre todo, estar triste hoy no me proporciona información suficiente para saber cómo será mi vida dentro de tres años.

No tomes el presente como prueba de todo tu futuro

Quizá estás leyendo esto después de una ruptura y no puedes imaginar enamorarte otra vez.

Quizá acabas de migrar y todavía no tienes tribu.

Quizá llevas meses buscando trabajo.

Quizá has perdido a alguien y el mundo continúa funcionando de una manera que incluso te parece ofensiva.

Quizá eres madre y no reconoces a la mujer que eras antes.

Quizá tienes treinta, cuarenta, cincuenta o sesenta años y estás pensando:

¿Y ahora qué coño hago con mi vida?

No tengo una respuesta universal.

Y desconfío bastante de quien la tenga.

Pero hay algo que sí quiero recordarte:

tu presente no contiene toda la información sobre tu futuro.

No sabes quién va a aparecer.

No sabes qué conversación va a cambiar algo.

No sabes qué vas a descubrir sobre ti.

No sabes qué proyecto se te ocurrirá.

No sabes qué lugar conocerás.

No sabes qué vínculo construirás.

No sabes qué versión de ti aparecerá cuando cambien tus circunstancias.

Y esto no significa que necesariamente vaya a ocurrir algo extraordinario.

Quizá esa es también una presión innecesaria.

Puede que tu próxima vida bonita no sea espectacular.

Quizá sea tranquila.

Una casa en la que puedas respirar.

Dos amigas.

Un trabajo que no te destroce.

Un domingo haciendo una receta.

Dormir ocho horas.

Un cuerpo que ya no esté permanentemente en alerta.

Una relación en la que no tengas que mendigar cariño.

Un cuaderno lleno de cosas que todavía quieres hacer.

A veces una vida buena no necesita parecer extraordinaria. Necesita sentirse habitable.

Hay versiones de ti que todavía no conoces

Esto es algo que me fascina.

Pensamos que nos conocemos porque llevamos toda la vida siendo nosotras.

Pero no conocemos todas nuestras versiones.

Conoces a la mujer que eres bajo estas circunstancias.

Con este trabajo.

Con esta pareja o sin ella.

Con este dinero.

En esta ciudad.

Con estas personas alrededor.

Con este nivel de cansancio.

Con esta herida todavía abierta.

Pero cambia algunas condiciones y quizá conozcas una versión de ti que jamás había tenido espacio para existir.

Una tú más tranquila.

Más divertida.

Más valiente.

Más aburrida incluso.

Una que pone límites.

Una que vuelve a enamorarse.

Una que se muda.

Una que empieza de cero.

Una que descubre que le encanta estar sola.

Una que escribe.

Una que baila.

Una que deja de demostrar.

Una que por fin descansa.

Una que vuelve a tener ganas.

Por eso me cuesta tanto aceptar la idea de que podamos mirar nuestro peor momento y decidir desde ahí quiénes seremos para siempre.

Todavía no conoces todas las personas que vas a ser.

No puedo prometerte que todo vaya a salir bien

Y tampoco quiero hacerlo.

Porque sería mentira.

La vida volverá a doler.

Volveremos a perder cosas.

Habrá planes que no funcionarán.

Personas que se irán.

Proyectos que fracasarán.

Momentos en los que volveremos a preguntarnos qué coño estamos haciendo.

No quiero venderte una vida sin sufrimiento.

Quiero hablarte de algo mucho más realista:

una vida en la que el sufrimiento no tenga siempre la última palabra.

Una vida donde también haya curiosidad.

Vínculos.

Deseo.

Descanso.

Comunidad.

Proyectos.

Terapia si la necesitas.

Cuadernos llenos de conversaciones contigo.

Momentos absurdos.

Carcajadas.

Domingos tranquilos.

Gente que todavía no conoces.

Lugares donde todavía no has estado.

Versiones tuyas que todavía no han tenido la oportunidad de aparecer.

Así que no.

No voy a decirte que todo va a salir bien.

No sé qué va a pasar.

Tú tampoco.

Y precisamente ahí existe una pequeña grieta.

Porque si no conocemos el futuro, tampoco podemos asegurar que este dolor sea todo lo que queda.

Quizá hoy no puedes imaginar una vida diferente.

Está bien.

No tienes que verla completa.

No tienes que saber quién serás dentro de ocho años.

La mujer que yo era en 2018 tampoco tenía ni puta idea.

Y menos mal.

Solo necesitaba tiempo, ayuda, terapia, personas, papel, lágrimas y muchísima paciencia para ir llegando a lugares que entonces ni siquiera sabía que existían.

Hoy tengo ganas de hacer tantas cosas que a veces pienso que necesitaría varias vidas.

Y cuando pienso en aquella versión de mí que no sabía qué coño hacer con una sola, siento muchísima ternura.

No porque ahora conozca el final de la historia.

No lo conozco.

Sigo viviéndola.

Por eso, si hoy estás en uno de esos momentos en los que tu mundo se ha hecho pequeñísimo, no voy a pedirte que imagines un futuro maravilloso.

Solo quiero dejarte una frase.

Para escribirla.

Para guardarla.

Para volver a ella cuando tu cabeza intente convencerte de que lo que estás sintiendo hoy es todo lo que existe:

Todavía hay versiones de ti que no conoces.

Todavía hay personas que no han llegado.

Todavía hay lugares en los que no has estado.

Todavía existen conversaciones que no has tenido.

Todavía hay cosas que no se te han ocurrido.

Todavía hay días que no puedes imaginar.

No te digo que todo vaya a salir bien.

Te digo algo mucho más pequeño.

Y quizá, por eso, mucho más verdadero:

Todavía no ha sucedido todo.

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Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.