Tiempo de lectura: 4 minutos

Hay un tipo de cansancio que no se ve.

No es físico.
No es exactamente laboral.
No es algo que puedas explicar en una sola frase.

Es el cansancio de sostener una identidad partida.

El cansancio de vivir entre dos mundos.

Ser mujer inmigrante no es solo haber cambiado de país.
Es haber cambiado de coordenadas emocionales.
Es haber aprendido a existir en tensión constante.

Entre el aquí y el allá.
Entre la gratitud y la nostalgia.
Entre el orgullo y la culpa.
Entre el crecimiento y la pérdida.

Y casi nadie habla del peso psicológico de esa tensión.

Porque cuando migras, el discurso dominante es claro:
“Qué valiente.”
“Qué oportunidad.”
“Qué privilegio.”

Y sí, puede ser todo eso.

Pero también puede ser soledad.
Desorientación.
Hipervigilancia.
Autoexigencia crónica.

Migrar implica reorganizar tu sistema nervioso.

Tu cuerpo aprende nuevas normas.
Tu mente aprende nuevos códigos.
Tu identidad se adapta para sobrevivir.

Empiezas a leer el ambiente con más atención.
A medir tus palabras.
A controlar tu tono.
A analizar miradas.

No siempre por trauma evidente.
A veces por microajustes constantes.

Y esos microajustes, sostenidos en el tiempo, agotan.

Hay algo que casi nadie dice:

La adaptación prolongada desgasta.

Porque adaptarse no es solo aprender un idioma.
Es traducirte emocionalmente.

Es explicar tus referencias.
Es sentir que nadie entiende del todo tu contexto.
Es reír en chistes que no son tuyos.
Es extrañar sin tener espacio para hacerlo.

Y mientras tanto, sigues funcionando.

Trabajas.
Construyes.
Cumples.
Sostienes.

Eres fuerte.

Pero la fortaleza constante también cansa.

Muchas mujeres inmigrantes desarrollan una autoexigencia silenciosa.

“Tengo que demostrar que valgo.”
“No puedo fallar.”
“No puedo quejarme.”
“Ya que estoy aquí, tengo que aprovecharlo.”

La autoexigencia migrante es una mezcla de supervivencia y miedo.

Miedo a perder lo conseguido.
Miedo a confirmar estereotipos.
Miedo a que te digan que no perteneces.

Y ese miedo activa el sistema nervioso.

No siempre de forma dramática.

A veces es sutil:

Dificultad para descansar.
Sensación constante de alerta.
Culpa cuando paras.
Incapacidad para relajarte del todo.

El cuerpo migrante aprende a no bajar la guardia.

Y cuando el cuerpo no descansa, la identidad tampoco.

Hay otro duelo que casi nunca se valida.

El duelo por la versión de ti que se quedó atrás.

Antes de irte, eras alguien en un contexto claro.
Tenías historia.
Tenías referencias.
Tenías pertenencia automática.

Después de migrar, te conviertes en construcción permanente.

Construcción de red.
Construcción de estabilidad.
Construcción de identidad nueva.

Y en ese proceso, muchas sienten que ya no son completamente de ningún lado.

Cuando vuelves a tu país de origen, algo cambió.

Tú cambiaste.

Tu mirada.
Tus prioridades.
Tu forma de hablar.
Tu forma de sentir.

Y de repente tampoco encajas allí.

Entonces aparece la frase que duele pero libera:

“No soy de aquí ni de allí.”

No es una queja dramática.

Es una descripción honesta de una identidad híbrida.

Pero vivir en identidad híbrida requiere mucha regulación emocional.

Porque el cerebro humano busca estabilidad.

Busca categorías claras.

Y la migración rompe categorías.

Te vuelves puente.

Y ser puente es hermoso…
pero también implica sostener peso en ambos lados.

Está la culpa.

Culpa por haberte ido.
Culpa por no volver.
Culpa por construir una vida lejos.
Culpa por no estar físicamente presente en momentos importantes.

La lealtad familiar se convierte en diálogo interno constante.

¿Estoy traicionando mis raíces?
¿Estoy siendo egoísta?
¿Estoy abandonando?

Esa culpa no siempre se expresa en palabras.

A veces se expresa en hiperresponsabilidad.
En enviar dinero.
En estar disponible emocionalmente siempre.
En no permitirte fallar.

Muchas mujeres inmigrantes sostienen familias transnacionales.

Sostienen económicamente.
Sostienen emocionalmente.
Sostienen simbólicamente.

Y mientras tanto, también sostienen su propia vida.

Pero ¿quién las sostiene a ellas?

Esa es la pregunta que casi nadie hace.

Hay una soledad particular en migrar.

No la soledad literal de estar sola.
Sino la soledad de no ser completamente comprendida.

Puedes tener pareja.
Puedes tener amigas.
Puedes tener trabajo.

Y aun así sentir que hay partes de tu experiencia que nadie termina de entender.

La nostalgia corporal es otra dimensión poco nombrada.

No es solo extrañar personas.

Es extrañar olores.
Sabores.
Paisajes.
Ritmos.

Es escuchar una canción y que el pecho se apriete.
Es oler algo y que aparezca un recuerdo con intensidad física.

El cuerpo recuerda.

El cuerpo no necesita pasaporte para sentir pertenencia.

Y cuando no hay espacio para hablar de esa nostalgia, el cuerpo la guarda.

A veces en forma de tensión.
A veces en forma de tristeza inexplicable.
A veces en forma de irritabilidad.

Y como no siempre sabemos nombrarlo, nos exigimos más.

Más productividad.
Más integración.
Más eficiencia.

Pero quizás no necesitas más exigencia.

Quizás necesitas más validación.

Validación de que es posible estar agradecida y agotada al mismo tiempo.

Validación de que migrar implica crecimiento y pérdida simultáneamente.

Validación de que no encajar completamente no significa estar rota.

Significa estar en proceso de integración.

La integración no es elegir un lado.

No es borrar tu acento.
No es renunciar a tus costumbres.
No es exagerar tu adaptación para sentirte aceptada.

Integrar es permitir que todas tus versiones coexistan.

La que eras antes.
La que eres ahora.
La que estás construyendo.

Sin tener que justificarte.

Si eres mujer inmigrante y a veces sientes que no perteneces del todo, quiero que leas esto con calma:

No estás defectuosa.
No estás exagerando.
No estás siendo débil.

Estás viviendo una experiencia psicológicamente compleja.

Y la complejidad requiere espacio.

Espacio para hablar.
Espacio para sentir.
Espacio para descansar de la fortaleza constante.

No necesitas ser más resiliente.

La resiliencia ya la demostraste al irte.

Quizás ahora necesitas suavidad.

Suavidad contigo cuando te sientes dividida.
Suavidad cuando extrañas.
Suavidad cuando dudas.
Suavidad cuando te preguntas si fue la decisión correcta.

No todo en la migración es épico.

Hay días neutros.
Hay días confusos.
Hay días en los que simplemente quisieras no tener que traducirte más.

Y eso no invalida tu decisión.

Significa que eres humana.

Vivir entre dos mundos también cansa.

Y reconocer ese cansancio no te hace menos agradecida.

Te hace consciente.

Y la conciencia no es debilidad.

Es el inicio de integración.

Si alguna vez sentiste que no eres completamente de aquí ni de allí, quizás no es una crisis de identidad.

Quizás es que tu identidad es más amplia que una frontera.

Y aunque eso implique tensión, también implica profundidad.

No estás sola en esta experiencia.

Y no tienes que seguir sosteniéndola en silencio. 🌙💜

CON CARIÑO: ALEXA DACIER

Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.