Tiempo de lectura: 8 minutos

La pobreza emocional que produce no poder descansar, separarte, ir a terapia, cuidar tus dientes o rechazar un trabajo que te está destruyendo.

Nos han repetido que la salud mental depende de aprender a gestionar nuestras emociones, pensar en positivo, poner límites, meditar, hacer ejercicio y dormir ocho horas. Como si todo fuera una cuestión de hábitos. Como si todas las personas tuvieran las mismas posibilidades de cuidarse. Como si descansar, alimentarse bien, acudir a terapia o salir de una relación dañina fueran decisiones que se toman únicamente con fuerza de voluntad.

Pero hay una conversación mucho más incómoda:

Tu salud mental también depende del dinero que tienes.

No porque las personas con dinero no sufran. El dinero no evita el duelo, la soledad, el trauma, la depresión ni el miedo. Tampoco garantiza relaciones sanas o una vida emocionalmente satisfactoria. Sin embargo, sí proporciona algo fundamental: margen de maniobra.

Y cuando estás sobreviviendo, el margen de maniobra puede marcar la diferencia entre poder elegir y tener que soportar.

El dinero permite descansar sin preguntarte si llegarás a final de mes. Permite rechazar un trabajo que te humilla, pagar ayuda para cuidar a tus hijos, reparar una avería sin endeudarte, acudir al dentista antes de que el dolor sea insoportable o alquilar una habitación cuando necesitas abandonar una casa en la que ya no estás segura.

El dinero no compra la salud mental, pero la falta de dinero puede deteriorarla profundamente.

No poder descansar también enferma

Descansar se ha convertido en un privilegio.

No basta con saber que necesitas parar. Necesitas poder hacerlo.

Puedes tener mucha conciencia emocional y comprender perfectamente que estás agotada, pero si dejar de trabajar significa no pagar el alquiler, probablemente seguirás trabajando. Si eres autónoma y un día sin producir es un día sin ingresar, quizás continúes atendiendo, limpiando, vendiendo, cuidando o contestando mensajes aunque tu cuerpo esté pidiendo auxilio.

Después llegará alguien a decirte que necesitas escuchar tus límites.

Pero tú ya los escuchas.

Lo que no puedes es permitirte respetarlos.

Esa es una diferencia enorme. No es falta de responsabilidad emocional. No es desconexión corporal. No es incapacidad para organizarte. En muchas ocasiones, es precariedad.

La pobreza no solamente vacía la cuenta bancaria. También ocupa la cabeza. Te obliga a calcular continuamente: cuánto queda, qué recibo llega mañana, qué compra puede esperar, qué deuda debes pagar primero, cuántas horas más necesitas trabajar y qué emergencia podría desmontarlo todo.

Vivir así mantiene al sistema nervioso en alerta. El cuerpo no descansa de verdad porque siempre existe una amenaza pendiente. No hace falta que esté sucediendo algo terrible en ese preciso momento. Basta con saber que cualquier imprevisto puede dejarte sin suelo.

“Si ese trabajo te hace daño, déjalo”.

Qué fácil parece cuando se dice desde fuera.

Quizás sabes que tu jefe te humilla. Sabes que el horario es incompatible con tu salud. Sabes que estás teniendo ataques de ansiedad antes de entrar. Sabes que has comenzado a perder el sueño, el apetito, la paciencia y las ganas de hablar con otras personas.

Sabes que ese trabajo te está destruyendo.

Pero también sabes que tienes que pagar una casa. Que necesitas comprar comida. Que quizá tus hijos dependen de ti. Que no tienes ahorros. Que encontrar otro empleo puede llevar meses. Que la prestación no es suficiente o que ni siquiera tienes derecho a recibirla.

Permanecer en un trabajo dañino no siempre significa conformismo. A veces significa supervivencia.

Podemos enseñar herramientas para regular la ansiedad, protegerse emocionalmente o establecer límites dentro del entorno laboral. Pero sería deshonesto presentar esas herramientas como una solución completa cuando el problema también es estructural.

No todas las personas necesitan aprender a tolerar mejor su trabajo. Algunas necesitan condiciones laborales dignas.

Decimos a las mujeres que no deben aguantar relaciones que las hacen infelices. Les decimos que merecen algo mejor, que se vayan, que se elijan, que pongan límites y comiencen de nuevo.

Pero empezar de nuevo cuesta dinero.

Hay mujeres que no permanecen en una relación porque no sepan que están sufriendo. Permanecen porque no pueden pagar un alquiler solas. Porque tienen hijos y no cuentan con una red de apoyo. Porque han dejado de trabajar durante años para cuidar. Porque dependen económicamente de su pareja. Porque el salario que reciben no alcanza para sostener una casa. Porque temen un proceso judicial que no saben cómo pagar.

Hay mujeres que no necesitan otra frase sobre autoestima. Necesitan una vivienda, una guardería, asesoramiento jurídico, un empleo y una red que les permita salir sin caer en otra forma de violencia.

La dependencia económica puede convertirse en una cárcel emocional. Reduce las opciones, debilita la sensación de autonomía y obliga a negociar la propia seguridad desde una posición de desigualdad.

Por eso no podemos hablar de vínculos sin hablar de dinero. No podemos responsabilizar únicamente a una mujer de permanecer en una relación sin preguntarnos qué condiciones materiales necesita para marcharse.

La terapia puede transformar una vida. Puede ayudar a comprender el dolor, reconocer patrones, elaborar traumas y construir relaciones diferentes. Pero no todas las personas pueden pagar cincuenta, sesenta u ochenta euros por sesión.

Incluso cuando alguien reúne el dinero para una primera consulta, quizá no puede sostener un proceso durante varios meses. Tal vez tenga que elegir entre cuidar su salud mental o pagar una factura. Entre acudir a terapia o comprar lo que necesita su hijo. Entre continuar el tratamiento o arreglar el coche que utiliza para trabajar.

No es falta de compromiso.

No es que “no esté preparada para sanar”.

Es que sanar también necesita tiempo, estabilidad y recursos.

La salud mental pública debería ofrecer respuestas accesibles, continuadas y de calidad. Sin embargo, muchas personas encuentran listas de espera interminables, consultas demasiado breves y un seguimiento insuficiente para la complejidad de lo que están atravesando.

Después, el mercado del bienestar les promete soluciones rápidas: un retiro, un curso, una rutina milagrosa o diez afirmaciones para cambiar su vida. Y así terminamos convirtiendo un derecho en un producto que solamente algunas personas pueden pagar.

Pocas veces hablamos del impacto psicológico de no poder pagar un tratamiento dental.

El dolor físico, la vergüenza al sonreír, el miedo a perder piezas, la dificultad para comer y la angustia ante un presupuesto imposible no son problemas superficiales. Afectan a la autoestima, las relaciones sociales, la búsqueda de empleo y la manera en que una persona ocupa el espacio.

Cuando alguien necesita miles de euros para salvar sus dientes, no basta con decirle que no se preocupe. Esa persona quizá está intentando hacer cuentas mientras imagina cómo cambiará su rostro, su alimentación o su vida cotidiana.

No poder cuidar el cuerpo produce impotencia.

Sabes lo que necesitas, pero no puedes pagarlo. Observas cómo un problema tratable avanza porque el acceso depende de una cantidad de dinero que no tienes. Y, mientras tanto, debes seguir trabajando, sonriendo y funcionando como si el miedo no te estuviera acompañando durante todo el día.

La salud bucodental, la salud física y la salud mental no son mundos separados. Cuando el cuerpo duele y no existen recursos para atenderlo, también se deteriora la seguridad emocional.

La precariedad no solo te obliga a vivir con menos. También te obliga a pensar más.

Cada decisión cotidiana se convierte en un cálculo. Comprar algo implica renunciar a otra cosa. Descansar implica perder ingresos. Pedir ayuda puede generar vergüenza. Un recibo inesperado puede desencadenar una crisis. Una enfermedad puede desordenar la economía de toda la familia.

Esta vigilancia constante agota.

Cuesta concentrarse cuando estás pensando cómo pagar el alquiler. Cuesta dormir cuando temes abrir la aplicación del banco. Cuesta jugar con tus hijos cuando estás calculando si podrás comprar comida durante toda la semana. Cuesta regularse emocionalmente cuando no existe seguridad material.

Y luego llega la culpa.

La culpa por no organizarte mejor. Por no haber ahorrado. Por sentir ansiedad. Por no disfrutar de lo que tienes. Por no ser suficientemente productiva. Por no manifestar abundancia. Por no cambiar tu mentalidad.

Así, además de sufrir las consecuencias de la precariedad, terminas sintiéndote personalmente responsable de ellas.

Ese es uno de los discursos más crueles de nuestra época: convencer a las personas de que todo lo que les ocurre es el resultado de su actitud, aunque vivan dentro de sistemas profundamente desiguales.

Trabajar el diálogo interior es importante. Aprender a regularse, pedir ayuda, poner límites y reconocer las propias necesidades también lo es. Pero la psicología no puede convertirse en una herramienta para adaptar a las personas a condiciones que las están enfermando.

No podemos enseñar respiración consciente a alguien y guardar silencio sobre las jornadas laborales que no le permiten dormir.

No podemos hablar de apego seguro sin hablar de vivienda.

No podemos recomendar autocuidado a una madre que no tiene con quién dejar a sus hijos.

No podemos insistir en que una mujer abandone una relación sin preguntarle si tiene un lugar seguro al que ir.

No podemos pedir a las personas que gestionen individualmente sufrimientos que también tienen causas económicas, laborales, familiares y políticas.

La terapia puede ayudarte a sostenerte, pero no debería enseñarte a soportar indefinidamente lo insoportable.

Hablar de salud mental también es hablar de salarios, alquileres, horarios, cuidados, acceso a tratamientos, conciliación, discriminación, redes de apoyo y servicios públicos.

Es hablar de quién puede enfermar sin perderlo todo.

De quién puede pedir una baja.

De quién tiene una familia que le presta dinero.

De quién puede pagar una cuidadora.

De quién dispone de una habitación propia.

De quién puede equivocarse sin que ese error lo coloque al borde del abismo.

No todas las personas parten del mismo lugar. Por eso, ofrecer exactamente el mismo consejo a todo el mundo no siempre es igualdad. A veces es una manera elegante de ignorar las diferencias.

Quizás una persona necesita trabajar su autoestima. Pero quizá también necesita cobrar un salario que le permita vivir.

Quizás necesita aprender a poner límites. Pero también una legislación laboral que la proteja cuando los pone.

Quizás necesita terapia. Pero también acceso a una atención psicológica que no dependa de su cuenta bancaria.

Quizás necesita descansar. Pero, sobre todo, necesita que descansar no ponga en peligro su supervivencia.

Tu malestar no es imaginario. Tampoco demuestra que seas débil, desorganizada o incapaz de gestionar la vida adulta. Puede que hayas pasado demasiado tiempo intentando resolver emocionalmente lo que también necesita una respuesta material.

Sí, podemos trabajar nuestro mundo interior. Podemos aprender a hablarnos con más compasión, pedir ayuda y dejar de castigarnos por no poder con todo.

Pero también tenemos derecho a exigir una vida que no nos enferme.

Porque la salud mental no se construye únicamente dentro de una consulta. También se construye con una casa segura, un sueldo digno, tiempo para descansar, acceso a tratamientos y la posibilidad real de decir:

“Esto me está haciendo daño y puedo marcharme”.

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Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.