
Ojalá nunca te falte un cuaderno

Mientras escribo este post estoy rodeada de cuadernos.
Tengo uno abierto delante de mí, otro debajo de un libro, varios apilados en una esquina y alguno perdido entre agendas, lápices y pósits. Hay páginas escritas, páginas arrancadas, frases que ya no recuerdo por qué escribí y preguntas que siguen esperando una respuesta.
A veces los miro y siento algo difícil de explicar.
Siento que me va a faltar vida para escribir todo lo que llevo dentro.
Y no lo digo para que suene bonito.
Lo digo porque hay días en los que mi cabeza parece una habitación donde todo el mundo habla al mismo tiempo. Una idea interrumpe a la otra. Un recuerdo se mete en medio de un proyecto. Una frase aparece mientras estoy haciendo cualquier cosa y siento que, si no la escribo, voy a perder algo importante.
Tengo una mente muy activa.
Lo sé.
He tardado mucho en dejar de vivir eso como una condena.
Durante años quise aprender a pensar menos. Quería descansar de mí. Apagar por un rato todo lo que ocurría dentro de mi cabeza. Dejar de analizar las conversaciones, anticipar problemas, imaginar posibilidades, volver a lo que ya había sucedido y encontrar respuestas para cosas que quizá nunca las tendrían.
Me he cansado mucho intentando no pensar.
Y hay un cansancio particular en pelearte todos los días con tu propia cabeza. Porque no puedes marcharte de ella. No puedes cerrar la puerta y dejarla fuera. Te acompaña mientras trabajas, mientras cuidas, mientras comes, mientras intentas dormir.
Incluso cuando todo alrededor está en silencio, por dentro puede seguir habiendo ruido.
Creo que durante mucho tiempo escribí porque necesitaba sacar a alguien de mi cabeza.

Refugio Suavidad | Escritura terapéutica en Donostia
¿QUÉ NECESITAS PARA APRENDER A ESCUCHARTE? 19/09/2026
Y esa persona era yo.
Necesitaba verme fuera.
Poner distancia entre lo que pensaba y lo que era.
Descubrir que un pensamiento podía estar dentro de mí sin convertirse automáticamente en una verdad sobre mí.
Cuando escribo, algo baja de volumen.
No siempre desaparece.
No siempre se resuelve.
Pero deja de dar vueltas en el mismo lugar.
A veces una preocupación parece inmensa mientras está dentro de la cabeza. Crece, se deforma, se mezcla con otros miedos y termina ocupándolo todo. Después la escribes y allí está: una frase. Una frase dolorosa, sí, pero una frase que puedes mirar sin que te trague entera.
Estoy aprendiendo a no pelearme con todos mis pensamientos.
A saber con cuáles sentarme.
Con cuáles entretenerme.
Cuáles necesitan que les haga una pregunta.
Y cuáles deben entrar y salir sin que yo les ofrezca una silla, un café y permiso para quedarse toda la noche.
No siempre lo consigo.
Hay pensamientos que todavía saben perfectamente dónde tocarme.
Hay palabras que despiertan heridas que yo creía más cerradas.
Hay días en los que escribo desde la mujer que soy ahora y otros en los que parece estar escribiendo una versión de mí que todavía tiene miedo, que todavía necesita explicarse, que todavía se pregunta si hizo algo para merecer lo que le pasó.
Pero al menos ahora puedo reconocerlas.
Puedo leerlas.
Puedo decir: entiendo que estés aquí, pero no voy a dejar que decidas por mí.
Escribir a mí me salvó la vida.
Carajo.
Lo escribo y se me pone la piel de gallina.
Sé que es una frase grande. Sé que puede sonar exagerada para quien nunca ha necesitado un papel para poder respirar un poco mejor.
Pero hay momentos en los que una no necesita que le solucionen la vida.
Necesita un lugar donde dejar de fingir.
Y para mí, muchas veces, ese lugar fue un cuaderno.
El papel conoció cosas de mí que yo todavía no sabía pronunciar.
Conoció mi rabia antes de que yo pudiera reconocer que estaba enfadada.
Conoció mi tristeza cuando yo seguía diciendo que solamente estaba cansada.
Conoció preguntas que me daba vergüenza hacer en voz alta.
Conoció pensamientos que yo misma juzgaba.
Conoció mis contradicciones.
Las veces que quise marcharme y quedarme al mismo tiempo.
Las veces que eché de menos a alguien que sabía que no me hacía bien.
Las veces que intenté convencerme de que algo no me dolía porque admitirlo significaba reconocer que había permitido demasiado.
Las veces que entendí perfectamente la historia de otra persona y utilicé esa comprensión para seguir abandonándome a mí.
El papel estuvo ahí cuando yo todavía no tenía una explicación ordenada.
Y eso importa mucho.
Porque nos han hecho creer que para hablar de lo que nos pasa primero tenemos que entenderlo. Que debemos saber exactamente qué sentimos, por qué lo sentimos y qué queremos hacer con ello.
Pero hay dolores que llegan sin vocabulario.
Solo sabes que algo pesa.
Que duermes peor.
Que estás irritable.
Que no quieres hablar con nadie.
Que te molesta todo.
Que el cuerpo está presente, pero tú te sientes lejos.
Que hay una conversación que repites mentalmente mientras te duchas.
Que sigues funcionando porque no sabes hacer otra cosa, aunque dentro de ti hay una parte que ya no puede más.
Escribir me permitió llegar sin explicaciones.
Pude empezar una página diciendo: no sé qué me pasa.
Y quedarme ahí.
Pude escribir: me duele, aunque no debería dolerme.
Pude admitir: estoy enfadada con alguien a quien amo.
Pude reconocer: tengo miedo.
Sin corregirme.
Sin escuchar inmediatamente que debía ser fuerte, agradecer lo que tenía, mirar hacia delante o dejar de darle tantas vueltas.
El papel no intentó rescatarme de mis emociones.
Me dejó sentirlas.
Y hay algo profundamente reparador en no tener que salir corriendo de lo que una siente.
No, la escritura terapéutica no es igual para todas las personas.
No quiero romantizarla.
No todo el mundo encuentra alivio escribiendo. Hay personas que se quedan en blanco. Personas que sienten ansiedad cuando ven una página vacía. Personas que aprendieron muy pronto que expresar lo que sentían era peligroso. Quizá alguien leyó su diario sin permiso. Quizá se burlaron de ellas. Quizá utilizaron sus palabras para hacerles daño.
Hay gente para quien escribir no es todavía un refugio.
Y hay que respetarlo.
Tampoco creo que todo se cure escribiendo. Hay heridas que necesitan terapia, tiempo, condiciones materiales distintas, descanso, protección y personas capaces de acompañarnos.
Un cuaderno no sustituye todo eso.
No paga una casa para que puedas marcharte.
No consigue que alguien reconozca el daño que te hizo.
No devuelve a quien perdiste.
No borra una infancia.
No hace que la vida deje de ser injusta.
Pero puede darte un lugar donde no tengas que seguir abandonándote mientras atraviesas lo que te toca.
A veces no puedes cambiar inmediatamente tu vida, pero puedes empezar a dejar de mentirte sobre ella.
Y eso puede doler muchísimo.
Porque hay verdades que una no evita por ingenuidad. Las evita porque reconocerlas tiene consecuencias.
Si admites que no eres feliz, quizá tengas que preguntarte cuánto tiempo quieres seguir viviendo así.
Si reconoces que una relación te está haciendo daño, quizá tengas que enfrentarte al miedo de perderla.
Si escribes que estás agotada de cuidar a todo el mundo, quizá descubras que no sabes quién eres cuando no estás resolviendo la vida de los demás.
Si admites que llevas años sintiéndote sola, incluso acompañada, ya no podrás seguir llamándolo una mala temporada.
Hay páginas que no te dan paz.
Hay páginas que te quitan una venda.
Y también eso puede ser terapéutico.
No porque el dolor desaparezca, sino porque dejas de colaborar con tu propio engaño.
En consulta recomiendo escribir muchas veces.
Y cuando alguien regresa y me cuenta lo que encontró, sé que no estamos hablando solamente de palabras.
Estamos hablando de una persona que por fin se permitió escucharse.
A veces me dicen que comenzaron a escribir una cosa y terminaron hablando de otra completamente distinta.
O que repitieron la misma palabra varias veces.
O que sintieron una rabia que no sabían que estaba ahí.
O que no pudieron terminar una carta.

O que lloraron después de escribir una frase que, vista desde fuera, parecía muy sencilla.
Pero ninguna frase es sencilla cuando llevas años intentando no decirla.
«Estoy cansada de ser la fuerte».
«No quiero seguir aquí».
«No fue mi culpa».
«No tengo que perdonarlo».
«A mí también debieron cuidarme».
«No puedo seguir sosteniendo a todo el mundo».
«Esto me dolió más de lo que quiero admitir».
Una sola frase puede abrir una habitación completa dentro de ti.
Quizá por eso estoy tan enamorada de la escritura terapéutica.
Porque no exige que llegues con las ideas claras.
No te pide una versión presentable de tu dolor.
No tienes que escribir bonito.
No tienes que ser profunda.
No tienes que hacer literatura con aquello que casi te rompe.
Puedes escribir mal.
Puedes contradecirte.
Puedes repetir una palabra veinte veces.
Puedes manchar la página.
Puedes detenerte.
Puedes romperla.
Puedes escribir algo que no enseñarías jamás.
De hecho, quizá la escritura empieza a ser verdaderamente tuya cuando dejas de imaginar que alguien va a leerla.
Cuando ya no escribes para gustar, conmover, demostrar que has aprendido algo o parecer una mujer que tiene su vida resuelta.
Cuando escribes lo que no queda bien.
Lo que no publicarías.
Lo que no dirías en una cena.
Lo que te cuesta reconocer incluso cuando estás sola.
La gente queda para hacer yoga, pilates, bailar, cenar, tomar café, ir al monte.
Y yo pienso: amiga, ¿por qué no quedamos también para escribirnos?
¿Por qué no existe un lugar cotidiano para encontrarnos sin tener que estar bien?
Un lugar al que puedas llegar con el ruido de la semana todavía dentro del cuerpo.
Sentarte.
Abrir un cuaderno.
Respirar.
Y empezar por donde puedas.
Sueño con crear ese espacio.
Lo deseo con una intensidad que a veces me cuesta explicar.
Quiero ver una mesa llena de mujeres escribiendo. Algunas en silencio. Algunas deteniéndose porque una pregunta ha tocado algo. Algunas llorando sin sentir que tienen que disculparse. Algunas descubriendo que no saben qué necesitan porque llevan demasiado tiempo pendientes de las necesidades de todo el mundo.

No quiero reunir a personas para obligarlas a contar sus heridas.
No quiero que el dolor se convierta en espectáculo.
No quiero prometer que nadie va a sanar en una tarde.
Quiero algo más honesto.
Un lugar donde puedas encontrarte contigo sin estar completamente sola.
Donde puedas escribir lo que pesa.
Tener conversaciones incómodas contigo.
Mirar una parte de tu vida que llevas meses evitando.
O simplemente descansar durante un rato de la obligación de parecer que puedes con todo.
Un espacio donde la suavidad no signifique negar el dolor, sino dejar de tratarte con crueldad mientras lo atraviesas.
Te van a faltar muchas cosas en la vida.
Te va a faltar tiempo.
Te va a faltar dinero.
Te van a faltar respuestas.
Te van a faltar personas que prometieron quedarse.
Habrá días en los que te falten fuerzas, certezas, compañía y hasta ganas de seguir sosteniendo todo lo que depende de ti.
Pero ojalá nunca te falte un lugar donde puedas ser completamente honesta contigo.
Un lugar para mantener conversaciones reales contigo misma.
Para descargar un poco la mente.
Para decir: esto me está doliendo.
Esto me está pesando.
Esto ya no puedo seguir sosteniéndolo de la misma manera.
Un lugar donde no tengas que justificar lo que sientes ni convertir cada herida en una enseñanza.
Un lugar donde puedas volver cuando la vida pese.
Tal vez un cuaderno no pueda resolverte la vida.
Pero puede impedir que tengas que tragártela entera.
Puede recoger la rabia que llevas meses intentando disimular.
Puede guardar una verdad hasta que tengas fuerza para hacer algo con ella.
Puede recordarte quién eras antes de empezar a vivir pendiente de las expectativas de todo el mundo.
Puede sostener durante unos minutos lo que tú llevas años cargando sola.
Quizá nunca consiga escribir todo lo que llevo dentro.
Quizá me falte vida.
Pero quiero seguir intentándolo.
Quiero seguir llenando páginas, haciendo preguntas, dejando frases a medias y volviendo a ellas cuando sea otra.
Quiero seguir escribiéndome porque sé lo fácil que es perderse dentro de una vida llena de responsabilidades.
Sé lo fácil que es estar para todo el mundo y desaparecer de una misma.
Por eso, ojalá nunca te falte un cuaderno.
Pero, sobre todo, ojalá nunca te faltes tú.
Ojalá tengas un lugar donde no tengas que mentirte.
Donde puedas encontrarte aunque no te guste todo lo que encuentres.
Donde puedas escribir sin pedir permiso.
Donde puedas decir la verdad, aunque te tiemble la mano.
Y ojalá alguna vez podamos sentarnos juntas frente a una hoja en blanco.
No para escribir bonito.
No para arreglar nuestra vida en una tarde.
No para convertirnos en una versión mejor de nosotras mismas.
Sino para hacer algo mucho más íntimo y urgente:
dejar de tragarnos la vida,
ponerle palabras a lo que nos está rompiendo
y empezar a volver a nosotras
antes de que se nos olvide el camino.
CON CARIÑO: ALEXA DACIER

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