Tiempo de lectura: 7 minutos

Porque ya está bien de fingir que a cierta edad una debería tenerlo todo claro.

Ya está bien de esa mentira elegante de la adultez en la que supuestamente llega un momento en el que por fin sabes quién eres, qué quieres, cómo sostenerte, cómo amar, cómo poner límites, cómo descansar sin culpa, cómo ganar dinero, cómo no compararte y cómo no perderte nunca más.

Perdón, pero no.

No funciona así.
No se siente así.
Y muchísimas veces, no se vive así.

A veces creces y sigues teniendo crisis.
A veces maduras y sigues dudando.
A veces aprendes muchísimo sobre ti y, aun así, hay días en los que no sabes qué carajo estás haciendo con tu vida.

Y no por eso estás fracasando.

A veces simplemente estás viviendo una etapa difícil en una parte de tu vida que te importa muchísimo.

Y eso duele más.

Duele cuando la crisis no aparece en algo que te da igual, sino justo ahí donde más amor has puesto.
En tu trabajo.
En tu maternidad.
En tu cuerpo.
En tu relación contigo.
En tu economía.
En tu vocación.
En ese proyecto que imaginaste bonito, estable, digno… y que, de momento, te está pidiendo más de lo que puede devolverte.

Porque hay un dolor muy particular en esforzarte mucho por algo y sentir que no termina de sostenerte.

Hay un cansancio muy específico en amar lo que haces y, aun así, sentir que te está agotando.
En saber que eres buena en lo tuyo y seguir sintiendo que tienes que demostrarlo todo el tiempo.
En tener valor y no siempre ver reflejado ese valor en resultados, estabilidad, tranquilidad o descanso.

Y claro que eso toca heridas.
Claro que eso remueve inseguridades.
Claro que eso despierta preguntas que asustan.

Porque cuando el área donde más te esfuerzas no está siendo bonita, no solo duele lo que pasa fuera.
También se activa lo que pasa dentro.

Se activa esa parte de ti que piensa que quizás deberías poder más.
Que quizás ya tendrías que haberlo resuelto.
Que quizás las demás sí saben cómo hacerlo.
Que quizás vas tarde.
Que quizás no eres suficiente.
Que quizás el problema eres tú.

Y no.

No siempre eres tú.

A veces estás cansada.
A veces estás sosteniendo demasiado.
A veces estás intentando construir algo valioso sin suficiente red, sin suficiente descanso, sin suficiente estructura, sin suficiente apoyo.
A veces estás en una crisis existencial y encima pretendes atravesarla con la sonrisa puesta, la agenda organizada y el alma peinada.

No, amor.

A veces las crisis existenciales llegan despeinadas.
Con ojeras.
Con dudas.
Con rabia.
Con la nevera abierta a las once de la noche mientras piensas si estás triste, cansada o solo harta de ser adulta.

Y eso también cuenta como crisis.

Porque una crisis existencial no siempre se ve como una película dramática en la que te sientas a mirar la lluvia y a cuestionarte el sentido de la vida.

A veces se ve mucho más simple y mucho más brutal.

Se ve como seguir trabajando mientras por dentro te estás desmoronando un poco.
Se ve como responder mensajes mientras sientes un vacío raro que no sabes nombrar.
Se ve como cumplir con todo y, aun así, sentir que algo en tu vida ya no puede seguir igual.
Se ve como estar funcional por fuera y confundida por dentro.
Se ve como preguntarte en silencio: “¿Esto era? ¿Así se supone que se siente la vida adulta? ¿Por qué me pesa tanto lo que pensé que me iba a hacer sentir plena?”

Y no, no estás loca.
Y no, no eres desagradecida.
Y no, no estás rompiendo algo por cuestionártelo.

Estás escuchando algo.

Quizá por primera vez de verdad.

Porque hay épocas en las que no estás “floreciendo”.
Estás resistiendo.
Estás sobreviviendo.
Estás sanando.
Estás tratando de no desaparecer dentro de tantas exigencias.
Estás intentando sostener una vida que por fuera parece medianamente normal y por dentro te está pidiendo a gritos otra forma.

Otra forma de trabajar.
Otra forma de vincularte.
Otra forma de cuidarte.
Otra forma de exigirte menos.
Otra forma de medir tu valor.
Otra forma de habitarte.

Y eso no siempre se ve bonito.

Ese es el problema.

Nos cuesta muchísimo respetar los procesos que no se ven bonitos.

Respetamos mejor lo que se entiende rápido, lo que luce bien, lo que se puede explicar con una frase inspiradora. Pero los procesos confusos, lentos, contradictorios y poco fotogénicos nos incomodan muchísimo.

Nos incomoda decir:
“Estoy en crisis.”
“Estoy cansada.”
“No sé.”
“Esto me está costando.”
“No está siendo bonito en esta parte de mi vida.”
“No sé cómo sostener esto sin dejarme la piel.”

Y sin embargo, esa honestidad a veces es lo más sano que puedes darte.

Porque una crisis existencial no siempre viene a destruirte.
A veces viene a interrumpir una mentira que ya te estaba destruyendo en silencio.

La mentira de que puedes con todo.
La mentira de que no necesitas ayuda.
La mentira de que tu valor depende de cuánto produces.
La mentira de que descansar es un premio.
La mentira de que si algo no está funcionando es porque tú no vales suficiente.
La mentira de que crecer significa estar siempre segura, estable y clara.

No.

Crecer también puede ser esto:
mirar de frente una parte de tu vida que ya no puedes seguir maquillando.
Admitir que te duele.
Admitir que te está costando.
Admitir que no sabes.
Y decidir no convertir ese no saber en una razón para maltratarte.

Eso también es madurez.

No la madurez estética.
No la madurez perfecta.
No la versión de mujer adulta que siempre tiene las palabras adecuadas, la rutina adecuada y el tono regulado.

Hablo de una madurez más íntima, más real.
La que dice: “sí, estoy pasando por una crisis y no voy a humillarme por eso.”
La que dice: “esto me desordena, pero no me convierte en un fracaso.”
La que dice: “no tengo respuestas todavía, pero no voy a volverme mi enemiga mientras las busco.”

Y quizá ahí empieza algo importante.

No en tenerlo claro.
Sino en dejar de pelearte contigo por no tenerlo claro.

Porque muchas veces lo que más te agota no es solo la crisis.
Es la violencia interna con la que la atraviesas.

No es solo la duda.
Es llamarte inútil por dudar.

No es solo el cansancio.
Es exigirte rendir como si no estuvieras cansada.

No es solo el miedo.
Es avergonzarte de tener miedo.

No es solo sentirte perdida.
Es tratarte como si perderte fuera una vergüenza y no una experiencia profundamente humana.

Y tú no necesitas más crueldad.

Necesitas permiso.

Permiso para admitir que hay áreas de tu vida que hoy no están siendo suaves.
Permiso para reconocer que hay cosas que ya no puedes seguir sosteniendo del mismo modo.
Permiso para aceptar que no todas las etapas vienen a darte brillo; algunas vienen a darte verdad.
Permiso para llorar una versión de ti o de tu vida que imaginabas distinta.
Permiso para no tener una conclusión bonita todavía.

Porque sí, a veces estás en una crisis existencial y lo único que sabes con certeza es que así como estabas ya no puedes seguir.

Y eso ya es una verdad importante.

Quizá no sabes todavía qué viene después.
Pero ya sabes que algo necesita cambiar.

Quizá no sabes aún cuál es la nueva forma.
Pero ya sabes que la vieja te está costando demasiada paz.

Quizá no sabes exactamente cómo reconstruirte.
Pero ya sabes que seguir rompiéndote para aparentar que todo está bien no es opción.

Y eso también es avance.

Más silencioso.
Más desordenado.
Menos vendible.
Menos sexy para contar en redes.
Pero profundamente real.

Por eso quiero decirte algo que quizá necesitas leer con calma:

No te hace menos adulta tener una crisis.
No te hace menos inteligente sentirte perdida.
No te hace menos valiosa no saber cómo sostener ahora mismo una parte importante de tu vida.
No te hace menos profesional, menos madre, menos mujer, menos capaz o menos fuerte.

Te hace humana.

Te hace una mujer atravesando algo difícil.
Una mujer revisándose.
Una mujer agotada de exigirse belleza en medio del derrumbe.
Una mujer que quizá ya no quiere seguir sobreviviendo desde la armadura.
Una mujer que, aunque no lo tenga claro, empieza a intuir que no quiere seguir tratándose tan mal.

Y eso merece muchísimo respeto.

Así que, si hoy estás en una de esas etapas en las que todo por dentro se siente raro, movedizo, triste o incierto, no te exijas claridad inmediata.

No conviertas tu confusión en una sentencia.
No uses tu cansancio como prueba de inutilidad.
No hagas de esta etapa una vergüenza.

Quizá esta crisis no vino a humillarte.
Quizá vino a devolverte a ti.

A una versión más honesta.
Más cansada, sí.
Más sensible, sí.
Más real, sí.
Pero también más cerca de la verdad que ya no puedes seguir evitando.

Y quizás, por ahora, no necesitas resolverte.

Necesitas acompañarte.

Hablarte con más ternura.
Respirarte sin tanta exigencia.
Dejar de pedirte respuestas cuando todavía estás sintiendo el temblor.
Sentarte contigo como te sentarías con una amiga a la que quieres mucho: sin corregirla, sin apurarla, sin hacerla sentir ridícula por estar atravesando algo.

Con un té matcha.
Con pausa.
Con verdad.
Con el alma sin armadura.

Porque quizá crecer no significa que un día dejes de tener crisis para siempre.
Quizá crecer significa que dejes de avergonzarte por tenerlas.
Que dejes de esconderlas como si hablaran mal de ti.
Que dejes de convertirlas en una prueba de que no vales.
Que empieces a transitarlas con más compasión y menos violencia interna.

Quizá crecer no es tenerlo todo claro.

Quizá crecer es dejar de abandonarte cuando no lo tienes claro.

  • Quizá crecer no significa que dejes de tener crisis
    Tiempo de lectura: 7 minutos Quizá crecer no significa que dejes de tener crisis.Quizá crecer significa que dejes de avergonzarte por tenerlas.Ven, amiga, vamos a tener esta conversación con un té y el alma sin armadura. Porque ya está bien de fingir que a cierta edad una debería tenerlo todo claro. Ya está bien de esa mentira elegante de la …
  • Abraza tus inseguridades
    Tiempo de lectura: 7 minutos Abraza tus inseguridades Con un toque de humor terapéutico 🤍 Hay inseguridades que no duelen solo por lo que son, sino por cómo aprendimos a mirarlas. Porque no nos enseñaron a abrazarlas. Nos enseñaron a esconderlas, a corregirlas, a disimularlas, a compensarlas, a maquillarlas, a trabajar el triple para que no se notaran. Nos enseñaron …
  • Migrar y Reconstruirse
    Tiempo de lectura: 4 minutos Migrar y Reconstruirse Hay un tipo de cansancio que no se ve. No es físico.No es exactamente laboral.No es algo que puedas explicar en una sola frase. Es el cansancio de sostener una identidad partida. El cansancio de vivir entre dos mundos. Ser mujer inmigrante no es solo haber cambiado de país.Es haber cambiado de …
  • La relación contigo también es un vínculo
    Tiempo de lectura: 5 minutos La relación contigo también es un vínculo (y sí, también necesita cuidados… aunque nadie te lo explicara) Durante años creímos que el trabajo emocional estaba afuera.En los demás.En aprender a relacionarnos mejor.En elegir distinto.En entender por qué la gente hace lo que hace. Leímos libros.Escuchamos podcasts.Fuimos a terapia.Tuvimos conversaciones larguísimas con amigas donde analizamos a …
  • Escribir para sostenerte: la escritura terapéutica desde la ciencia, la compasión y la suavidad
    Tiempo de lectura: 5 minutos Escribir para sostenerte: la escritura terapéutica desde la ciencia, la compasión y la suavidad (o por qué el journaling es autocuidado, incluso sin yoga, sin Bali… y con un té matcha medio frío) Voy a empezar diciendo algo que quizá no queda tan bonito en redes sociales, pero que muchas pensamos mientras scrolleamos en pijama: …

Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.