
¿Qué vas a hacer para iniciar el año con calma, con menos exigencia y con menos peleas contigo misma?
Enero tiene una autoestima envidiable.
Una seguridad que ya la querríamos muchas.
Enero entra en tu vida convencido de que ahora sí:
vas a organizarte, madrugar, comer sano, hacer ejercicio, leer más, meditar, trabajar mejor, sanar tus heridas, beber agua, dormir ocho horas y, si sobra tiempo, ser feliz. Todo a la vez. Sin estrés. Con una sonrisa.
Y tú lo miras desde el sofá, té matcha en mano, pensando:
¿pero tú sabes el año que vengo de vivir o vienes sin contexto?
Porque hay algo que no se dice suficiente:
muchas mujeres no empiezan el año con ilusión.
Lo empiezan agotadas.
Agotadas de sostener.
De adaptarse.
De poder con todo.
De ser responsables.
De no fallar.
De no caerse (o de caerse en silencio para no molestar).
Y aun así, enero insiste.
“Nuevo año, nueva tú”.
Como si la versión anterior hubiera sido una beta defectuosa y no una mujer haciendo lo mejor que podía con un sistema nervioso en huelga.
La pregunta incómoda que nadie pone en las agendas
Hay una pregunta que no aparece en ninguna lista de propósitos, pero que ahorraría muchas crisis existenciales a mitad de febrero:
¿Desde dónde te estás pidiendo las cosas?
No qué quieres lograr.
No cuántos hábitos nuevos vas a implantar como si fueras una app de productividad en versión premium.
Sino desde qué tono interno te hablas cuando piensas en el año que empieza.
Porque no es lo mismo decirte:
“me gustaría cuidarme más”
que decirte:
“a ver si este año espabilas de una vez”.

ESCRITURA TERAPÉUTICA: EN EL 2026 SÉ SUAVE CONTGO
No sustituye la terapia.
Fecha: 31 enero
Hora: 12:30 am (hora local)
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El objetivo parece el mismo.
El mensaje interno… es básicamente una amenaza.
Y el cuerpo, aunque no lleve agenda, lo nota.
Spoiler: no estás desmotivada, estás cansada
Existe una fantasía colectiva muy bien vendida:
el año nuevo como una hoja en blanco.
La realidad es que la mayoría llegamos con la hoja subrayada, tachada, arrugada y con una nota al margen que dice:
esto sigue doliendo
esto no lo resolví
y esto mejor lo hablamos luego.
El cuerpo no entiende de calendarios.
Las emociones no se reinician el 1 de enero.
Y el sistema nervioso no se calma porque alguien haya contado doce uvas con ansiedad y poca masticación.
En terapia se escucha mucho esto:
“Sé que debería estar motivada”.
No.
No deberías.
No estás desmotivada.
Estás cansada.
Cansada de ser fuerte.
Cansada de cumplir.
Cansada de llegar.
Cansada de no parar.
Y el cansancio no se arregla con frases motivacionales.
Se arregla con descanso, comprensión y menos guerra interna.
Aunque eso no quede tan bien en un reel con música épica.
La exigencia: ese idioma que hablas sin darte cuenta
Para muchas mujeres, exigirse no es una decisión consciente.
Es un idioma aprendido.
Te exigiste para encajar.
Para no molestar.
Para no fallar.
Para demostrar que podías.
Y sí, funcionó.
Durante años fuiste la responsable, la resolutiva, la que podía con todo.
La que no se caía.
O la que se caía, pero se levantaba rápido y pedía perdón por ocupar espacio.
El problema no es haber aprendido a exigirte.
El problema es seguir hablándote así cuando el cuerpo ya no puede, y tú insistirle como si fuera un empleado poco comprometido.
La exigencia constante mantiene al sistema nervioso en alerta.
Como si siempre estuvieras llegando tarde a algo importante.
Como si hubiera una auditoría emocional permanente.
Traducción: cansa. Mucho.
Por eso tantas mujeres empiezan el año agotadas incluso antes de empezarlo.
No están rotas.
Están sobreexigidas.
Y bastante funcionales para lo cansadas que están, honestamente.
Ser suave contigo no es rendirte (aunque tu mente ponga los ojos en blanco)
Hablemos de la palabra “suavidad”, que a muchas les genera sospecha inmediata.
Como si ser suave significara abandonar toda ambición, pedir una manta gigante y desaparecer del sistema capitalista.
No va de eso.
Ser suave contigo no es dejar de hacer cosas.
Es dejar de hacerlas insultándote por el camino.
Tiene más que ver con cómo te hablas cuando no llegas, cuando te equivocas o cuando estás cansada, que con cuántas cosas haces en un día.
Ser suave contigo es:
– no llamarte inútil por cometer errores humanos
– pedirte cosas que tu cuerpo puede sostener
– dejar de tratarte como un proyecto defectuoso que necesita corrección urgente
La suavidad no te vuelve blanda.
Te vuelve regulada.
Y una persona regulada suele tomar decisiones bastante más sensatas que alguien que vive en “modo autoexigencia extrema desde 2012”.
El mítico “este año tengo que…” y su efecto rebote
Hay frases que parecen inofensivas, pero generan más presión que un lunes a las ocho de la mañana:
“Este año tengo que cambiar”.
“Este año no puedo seguir así”.
“Este año sí o sí”.
Detrás de muchas de ellas no hay ambición.
Hay agotamiento y una sensación constante de no estar llegando nunca.
No siempre necesitas cambiar.
A veces necesitas entenderte.
En terapia pasa algo curioso: cuando una persona deja de atacarse por sus síntomas y empieza a escucharlos, esos síntomas suelen bajar el volumen.
No porque desaparezcan mágicamente.
Sino porque ya no necesitan gritar para ser atendidos.
La suavidad no elimina el malestar.
Lo hace vivible.
Escucharte antes de corregirte (sí, incluso en enero)
Hay años que empiezan con una lista mental de defectos personales.
Y otros —muy pocos— que empiezan con curiosidad.
¿Qué te pasa últimamente?
¿Qué te pesa más de lo que admites?
¿Qué estás sosteniendo sin darte permiso para soltar?
Escuchar no es complacencia.
Es información.
La escritura terapéutica, por ejemplo, no sirve para escribir frases bonitas (aunque luego algunas se compartan).
Sirve para ordenar el ruido interno, para bajar el volumen mental y dejar de correr sin saber hacia dónde.
Cuando una mujer se escucha de verdad, algo en el cuerpo afloja.
No porque todo se solucione.
Sino porque deja de sentirse sola consigo misma.
Dejar de pelearte contigo también cuenta como avance
Muchas mujeres viven en una discusión interna constante.
Con su tristeza.
Con su ansiedad.
Con su cansancio.
Como si sentir fuera un error del sistema, una actualización fallida del software emocional.
Pero las emociones no necesitan ser eliminadas.
Necesitan ser reconocidas.
La calma no es no sentir.
Es no atacarte por sentir.
Y cuando dejas de pelearte contigo, liberas una cantidad enorme de energía que antes estaba puesta en la lucha interna.
Energía que, curiosamente, suele ir hacia vivir un poco mejor.
O al menos, con menos culpa.
Hacerlo bien, versión adulta
Durante mucho tiempo, hacerlo bien significó:
aguantar,
no pedir,
no fallar,
no parar.
Pero el cuerpo no olvida.
Y pasa factura, aunque lo haga en cuotas.
Quizá ahora hacerlo bien tenga otra forma:
parar antes de romperte,
pedir ayuda sin escribir un justificante emocional de tres páginas,
reconocer límites sin sentirte exagerada.
No es retroceder.
Es crecer con menos violencia interna.
El reto real (el que no sale en las listas)
Quizá el reto de este año no sea lograr más.
Quizá sea tratarte mejor mientras haces lo que haces.
Quizá no necesites un año perfecto, inspirador ni productivo.
Quizá solo necesites un año habitable.
Un año donde estar cansada no sea un fallo.
Un año donde no te hables como a una enemiga cuando algo no sale.
Un año donde ser humana no te parezca una decepción.
Si este año no te conviertes en una versión “mejor”,
pero sí en una versión más amable contigo,
no has fracasado.
Has aprendido.
Y eso —aunque no se pueda tachar en una lista
se nota.
Y mucho.
Feliz año amiga, gracias mil por leerme.
Con CARIÑO: ALEXA DACIER














