Tiempo de lectura: 8 minutos

Hay días en los que una se levanta cansada…
pero no cansada solo de trabajo, de hijos, de la casa, del dinero, del mundo o del algoritmo que parece que bendice a todo el mundo menos a ti. No. Hay un cansancio más silencioso, más íntimo, más viejo. El de tener una voz dentro que nunca se conforma. Una voz que siempre tiene otra tarea pendiente, otro estándar imposible, otra forma de recordarte que podrías haberlo hecho mejor. 😮‍💨

Te levantas y ya vas tarde.
Ya debiste haber respondido ese mensaje.
Ya debiste haber organizado tu vida.
Ya debiste haber sanado eso.
Ya debiste estar más flaca, más centrada, más elegante, más productiva, más agradecida, más tranquila, más madura emocionalmente, más buena madre, más buena hija, más buena pareja, más buena profesional, más buena mujer.

Y una se pregunta:
¿en qué momento vivir se convirtió en un casting permanente?

Porque sí, muchas mujeres estamos agotadas. Pero no solo por lo que hacemos. También por todo lo que nos exigimos mientras lo hacemos.

Y esto no sale de la nada.
No es que un día despertamos y dijimos: qué ilusión, voy a convertirme en mi peor jefa.
No. Esto tiene historia. Tiene raíces. Tiene contexto. Tiene heridas. Tiene cultura. Tiene género. Tiene familia. Tiene supervivencia. Tiene miedo. Tiene también una parte muy dolorosa: a muchas nos enseñaron que solo merecíamos amor si rendíamos bien.

La autoexigencia femenina muchas veces no empieza como ambición sana. Empieza como adaptación.

Empieza cuando entiendes, aunque nadie te lo diga con esas palabras, que ser mujer implica estar pendiente de todo. De cómo te ves. De cómo hablas. De no molestar demasiado. De no ser demasiado intensa. De no llorar mucho. De no pedir mucho. De no ocupar demasiado. De agradar. De cuidar. De resolver. De sostener. De anticiparte. De no decepcionar.

Aprendes pronto que no basta con existir.
Hay que hacerlo bien.

Y “bien”, curiosamente, nunca está del todo claro. Ese es el truco perverso del asunto. Porque las reglas cambian todo el tiempo.

Si eres sensible, eres débil.
Si eres firme, eres difícil.
Si eres ambiciosa, eres fría.
Si eres entregada, te descuidas.
Si descansas, te culpas.
Si produces, te vacías.
Si maternas, te pierdes.
Si no maternas, te juzgan.
Si te arreglas mucho, superficial.
Si no te arreglas, dejada.
Si pones límites, egoísta.
Si no los pones, disponible para el desgaste.

Es decir: el sistema te pone un examen, pero nunca te enseña el temario. 🙃

Y así muchas mujeres viven intentando aprobar una prueba que fue diseñada para que siempre sientan que les falta algo.

A veces la autoexigencia no se siente como violencia porque vino disfrazada de virtud.

“Es que soy responsable.”
“Es que me gusta hacer las cosas bien.”
“Es que, si no lo hago yo, nadie lo hace.”
“Es que no quiero depender de nadie.”
“Es que yo puedo con todo.”

Y claro, muchas veces sí: eres responsable. Sí: te importa hacer las cosas bien. Sí: has tenido que aprender a sostener muchísimo.
Pero una cosa es la responsabilidad y otra vivir como si relajarte fuera un acto de negligencia.

Muchas mujeres no se exigen porque sí. Se exigen porque aprendieron que bajar la guardia era peligroso.

Quizá de pequeña sentiste que tenías que ser “la madura”.
La que no daba problemas.
La que entendía todo.
La que se adaptaba.
La que sacaba buenas notas.
La que ayudaba.
La que no cargaba más a mamá.
La que no hacía enfadar a papá.
La que sobrevivía siendo impecable.

Entonces la exigencia dejó de ser una preferencia y se volvió identidad.

No eras una niña descansando.
Eras una niña funcionando.

Y eso, con los años, se convierte en una adulta que no sabe estar en paz sin sentir culpa.

Esto es importante. Porque muchas dicen: “yo sí descanso”. Pero cuando una mira más de cerca, lo que hay no siempre es descanso. A veces es colapso.

No es lo mismo descansar que caer rendida.
No es lo mismo cuidarte que desmayarte emocionalmente un domingo porque ya no puedes más.
No es lo mismo elegir parar que romperte.

La autoexigencia no siempre grita. A veces se vuelve tan cotidiana que parece personalidad.

La mujer que nunca pide ayuda.
La que hace listas hasta para respirar.
La que se siente culpable si se sienta cinco minutos.
La que convierte cualquier hobby en proyecto.
La que llora mientras friega pero piensa: “bueno, por lo menos estoy siendo productiva”. 😵‍💫

Y aquí un poco de humor terapéutico, porque si no nos reímos, lloramos en HD:

Hay mujeres que no tienen una voz interior.
Tienen una supervisora de recursos humanos viviendo en la cabeza.

Una que no te dice “qué duro lo que estás pasando”.
Te dice:
—Vale, pero ¿ya lo resolviste?
—Vale, pero podrías haberlo gestionado mejor.
—Vale, pero hay gente peor.
—Vale, pero no te estanques.
—Vale, pero mañana madrugas.
—Vale, pero tampoco te pongas dramática.

Amiga, eso no es motivación. Eso es una jefa interna con cero inteligencia emocional.

Aquí viene una parte incómoda: a veces nos exigimos tanto porque creer que todo depende de nosotras da una sensación de control.

Si me esfuerzo lo suficiente, no me abandonan.
Si hago todo perfecto, no me critican.
Si anticipo todo, no me hiere nada.
Si soy impecable, nadie podrá rechazarme.
Si doy más, me van a querer.
Si no fallo, no me sentiré insuficiente.

Pero la vida no funciona así.
Y esa es una de las tragedias más dolorosas para las mujeres exigentes: descubrir que hacerlo todo bien no garantiza amor, descanso, seguridad, reciprocidad ni paz.

Puedes ser maravillosa y aun así no ser elegida.
Puedes esforzarte muchísimo y aun así algo salir mal.
Puedes amar bien y aun así no ser amada bien de vuelta.
Puedes darlo todo y aun así cansarte.
Puedes hacer terapia, leer, reflexionar, escribir, respirar profundo… y aun así seguir teniendo días torpes, humanos, confusos.

Porque no eres una máquina de superación personal.
Eres una persona.

Y muchas necesitamos escuchar esto hasta que nos haga un pequeño hueco por dentro:
ser humana no es un fallo del sistema.

También nos exigimos tanto porque sobre las mujeres cae una presión moral distinta.

No basta con hacer. Hay que hacerlo con buena cara.
No basta con cuidar. Hay que cuidar sin resentimiento.
No basta con maternar. Hay que maternar disfrutándolo.
No basta con trabajar. Hay que trabajar y seguir presente emocionalmente para todos.
No basta con poner límites. Hay que ponerlos sin incomodar demasiado.
No basta con sostener. Hay que sostener siendo dulce.

Hay un mandato muy cruel en todo esto:
la mujer ideal no solo puede con todo; además no se queja demasiado mientras puede.

Y claro, luego aparece la culpa.
La culpa por cansarte.
Por necesitar espacio.
Por querer estar sola.
Por no responder como todos esperan.
Por fantasear con desaparecer dos días a un hotel donde nadie te diga “mamá”, “amor”, “¿tienes un minuto?”, “¿qué hay de comer?” ni “te quería comentar una cosita”. 😌

La culpa femenina muchas veces nace de haber confundido amor con disponibilidad permanente.

La exigencia y el cuerpo: ese campo de batalla

No podemos hablar de mujeres y exigencia sin hablar del cuerpo.

Porque desde muy pequeñas aprendemos que nuestro cuerpo también será evaluado, comentado, corregido, comparado, vigilado.

Entonces no solo hay que vivir.
Hay que vivir en un cuerpo aprobado por la mirada ajena.

Y eso desgasta muchísimo.

Hay mujeres que no recuerdan la última vez que miraron su cuerpo con neutralidad. No digamos ya con ternura. Lo miran como se mira un informe con errores. Corrigiendo. Midiendo. Señalando. Exigiendo.

“Debería verme de otra manera.”
“Debería recuperar mi cuerpo.”
“Debería gustarme más.”
“Debería tapar esto.”
“Debería arreglar aquello.”

Qué triste que tantas mujeres hayan aprendido a habitarse como quien inspecciona una casa ajena.
Qué triste tener abdomen, piernas, pecho, cara, piel, caderas… y vivirlas como si estuvieran siempre en revisión técnica.

En consulta, en la vida, en la intimidad de muchas historias, aparece una escena parecida: una niña que fue querida, sí, pero muy celebrada cuando rendía. Cuando ayudaba. Cuando destacaba. Cuando no molestaba. Cuando se tragaba lo suyo. Cuando era fuerte. Cuando era “tan madura para su edad”.

Esa frase habría que revisarla más:
“tan madura para su edad”.
A veces no era madurez. A veces era hipervigilancia con coletas.

A veces era una niña leyendo el ambiente para sobrevivir emocionalmente.

Después crece y se convierte en una mujer brillante, resolutiva, eficiente… y profundamente agotada. Una mujer que no sabe cuánto vale cuando no está produciendo nada. Una mujer a la que le cuesta recibir, pedir, descansar, fallar, improvisar, ser sostenida.

Una mujer que se convirtió en refugio para todo el mundo menos para sí misma.

Esta parte merece quedarse un rato.

Porque muchas mujeres no necesitan aprender a esforzarse más.
Necesitan dejar de maltratarse en nombre del esfuerzo.

No necesitan otra rutina milagrosa.
Necesitan una relación menos hostil con ellas mismas.

No necesitan otra frase de “tú puedes con todo”.
Necesitan permiso para reconocer que no tendrían por qué poder con todo.

La cultura premia mucho a la mujer que resiste.
Pero no acompaña igual a la mujer que siente.

Y tú no viniste al mundo solo a demostrar fortaleza.
También viniste a vivir, a sentir, a descansar, a equivocarte, a cambiar de opinión, a pedir ayuda, a no saber, a ir más lento, a no convertir cada herida en un máster de crecimiento personal.

Porque a veces una no necesita sacar aprendizaje de todo.
A veces necesita dormir. 😅

Sanar la exigencia no es volverte conformista

Este es un miedo frecuente. Muchas mujeres creen que si dejan de exigirse tanto se volverán vagas, mediocres, desordenadas, débiles.

Pero sanar la autoexigencia no es convertirte en alguien que no sueña, no crea, no intenta.
Es dejar de usar la crueldad como combustible.

No se trata de dejar de aspirar.
Se trata de no destrozarte en el camino.

No se trata de eliminar tu deseo de crecer.
Se trata de que crecer no implique humillarte cada vez que no llegas.

No se trata de hacerte pequeña.
Se trata de dejar de vivir internamente arrodillada frente a ideales imposibles.

La disciplina no tendría que sonar igual que el castigo.
La responsabilidad no tendría que parecerse al desprecio.
La mejora personal no tendría que exigir odio hacia una misma como peaje.

Porque nos enseñaron que ser queridas dependía de ser útiles.
Porque confundimos valor con rendimiento.
Porque muchas crecimos creyendo que sentir mucho era un problema y hacer mucho era una solución.
Porque el mundo aplaude a las mujeres que sostienen todo sin desbordarse.
Porque descansar da culpa cuando toda tu identidad se construyó alrededor de resolver.
Porque a veces rendir fue la manera más segura de no desmoronarte.
Porque hemos heredado generaciones enteras de mujeres fuertes, sí, pero también cansadas, silenciadas y poco sostenidas.
Porque muchas seguimos creyendo, en alguna parte del alma, que si lo hacemos perfecto al fin alguien dirá: “ya, mi amor, ya está, ya no tienes que demostrar nada”.

Y quizá la sanación empieza justo ahí.
En darte tú esa frase.
En mirarte con un poco más de verdad y un poco menos de látigo.
En reconocer que la exigencia te protegió, sí, pero ya no puede seguir dirigiendo tu vida.
En aprender a hacer espacio para una versión tuya más amable, más humana, más descansada, más real.

Para cerrar

Tal vez no se trata de dejar de ser una mujer comprometida, intensa, responsable, valiente.
Tal vez se trata de dejar de ser cruel contigo mientras intentas serlo todo.

Tal vez no necesitas exigirte menos de golpe.
Tal vez necesitas empezar a hablarte distinto cuando no llegas.

Decirte:
“Estoy cansada, no rota.”
“No soy un fracaso, estoy saturada.”
“No necesito demostrar tanto para merecer descanso.”
“Puedo sostener mis sueños sin convertirme en mi enemiga.”
“Hice lo que pude con lo que tenía.”
“Y hoy, por ahora, eso basta.” 🤍

Porque una mujer sanando su autoexigencia no se vuelve menos poderosa.
Se vuelve más libre.

Y ya era hora.

  • ¿Por qué las mujeres nos exigimos tanto?
    Tiempo de lectura: 8 minutos ¿Por qué las mujeres nos exigimos tanto? Hay días en los que una se levanta cansada…pero no cansada solo de trabajo, de hijos, de la casa, del dinero, del mundo o del algoritmo que parece que bendice a todo el mundo menos a ti. No. Hay un cansancio más silencioso, más íntimo, más viejo. El …
  • Quizá crecer no significa que dejes de tener crisis
    Tiempo de lectura: 7 minutos Quizá crecer no significa que dejes de tener crisis.Quizá crecer significa que dejes de avergonzarte por tenerlas.Ven, amiga, vamos a tener esta conversación con un té y el alma sin armadura. Porque ya está bien de fingir que a cierta edad una debería tenerlo todo claro. Ya está bien de esa mentira elegante de la …
  • Abraza tus inseguridades
    Tiempo de lectura: 7 minutos Abraza tus inseguridades Con un toque de humor terapéutico 🤍 Hay inseguridades que no duelen solo por lo que son, sino por cómo aprendimos a mirarlas. Porque no nos enseñaron a abrazarlas. Nos enseñaron a esconderlas, a corregirlas, a disimularlas, a compensarlas, a maquillarlas, a trabajar el triple para que no se notaran. Nos enseñaron …
  • Migrar y Reconstruirse
    Tiempo de lectura: 4 minutos Migrar y Reconstruirse Hay un tipo de cansancio que no se ve. No es físico.No es exactamente laboral.No es algo que puedas explicar en una sola frase. Es el cansancio de sostener una identidad partida. El cansancio de vivir entre dos mundos. Ser mujer inmigrante no es solo haber cambiado de país.Es haber cambiado de …
  • La relación contigo también es un vínculo
    Tiempo de lectura: 5 minutos La relación contigo también es un vínculo (y sí, también necesita cuidados… aunque nadie te lo explicara) Durante años creímos que el trabajo emocional estaba afuera.En los demás.En aprender a relacionarnos mejor.En elegir distinto.En entender por qué la gente hace lo que hace. Leímos libros.Escuchamos podcasts.Fuimos a terapia.Tuvimos conversaciones larguísimas con amigas donde analizamos a …
  • Escribir para sostenerte: la escritura terapéutica desde la ciencia, la compasión y la suavidad
    Tiempo de lectura: 5 minutos Escribir para sostenerte: la escritura terapéutica desde la ciencia, la compasión y la suavidad (o por qué el journaling es autocuidado, incluso sin yoga, sin Bali… y con un té matcha medio frío) Voy a empezar diciendo algo que quizá no queda tan bonito en redes sociales, pero que muchas pensamos mientras scrolleamos en pijama: …
  • La terapia no es ir a Disney de vacaciones
    Tiempo de lectura: 6 minutos La terapia no es ir a Disney de vacaciones Imagínate que estamos sentadas frente a frente, con una taza de té matcha caliente entre las manos. No hay prisa. No hay frases motivacionales colgadas en la pared. No hay música de fondo intentando arreglar nada. No hay nadie diciendo “todo pasa por algo”. Solo una …
  • ¿Qué vas a hacer para iniciar el año con calma, con menos exigencia y con menos peleas contigo misma?
    Tiempo de lectura: 5 minutos ¿Qué vas a hacer para iniciar el año con calma, con menos exigencia y con menos peleas contigo misma? Enero tiene una autoestima envidiable.Una seguridad que ya la querríamos muchas. Enero entra en tu vida convencido de que ahora sí:vas a organizarte, madrugar, comer sano, hacer ejercicio, leer más, meditar, trabajar mejor, sanar tus heridas, …
  • Para ti, que has tenido un año difícil
    Tiempo de lectura: 5 minutos Para ti, que has tenido un año difícil Para ti, que llegaste hasta aquí cargando más de lo que cualquiera puede ver… quiero que te detengas un momento. Respira. Antes de seguir leyendo, regálate una pausa. No por obligación, sino porque lo mereces. Porque este año ha sido un campo de batalla silencioso y aun …
  • ¿Cuándo te vas a detener para ver todo lo que has avanzado?
    Tiempo de lectura: 5 minutos ¿Cuándo te vas a detener para ver todo lo que has avanzado? La autoexigencia como sombra silenciosa de nuestra vida adulta. Hay una pregunta que repito casi sin querer en consulta, una frase que aparece como un reflejo mientras escucho historias de mujeres que llevan años sosteniendo el mundo sin darse permiso para posar los …
  • No eres tu diagnóstico (TDAH, depresión, ansiedad, bipolaridad, esquizofrenia): eres todo lo que sigues siendo a pesar de él
    Tiempo de lectura: 5 minutos No eres tu diagnóstico (TDAH, depresión, ansiedad, bipolaridad, esquizofrenia): eres todo lo que sigues siendo a pesar de él Hay algo que casi nadie te dice cuando recibes, o sospechas que podrías recibir, una etiqueta diagnóstica:esa palabra se te queda pegada al cuerpo.Te la dices por dentro.Te pesa.Te asusta.Te da vergüenza.Te hace sentir menos “normal”, …

Written by

Alexa Dacier

Alexa Dacier / Psicología / Terapeuta sexual y de pareja
Todos necesitamos donde apoyarnos cuando emocionalmente creemos que no podemos más.

Aquí nos damos el permiso para:
Sentir.
Soltar.
Amar.
Aprender a poner límites.
Reconstruir nuestros vínculos afectivos.
Sostener relaciones sanas.
Aplicar la autocompasión.
Cambiar el dialogo interior.